A las dos serán las tres

Todos los años subo este relato a redes el fin de semana del cambio de hora y 2020 no iba a ser menos. Disfrutadlo mucho y, si os gusta y queréis leer más, haceos mecenas y podré seguir escribiendo. Podéis descargarlo o leerlo directamente en este post.



A LAS DOS SERÁN LAS TRES

  

Algo le había golpeado las corvas. Algo agudo con la fuerza suficiente para derribarlo. Borracho, confundido, Mario cayó sobre su sillón favorito ante la mirada divertida de la becaria, aún desnuda excepto por el salto de cama anticuado con el que jugaba a excitarle. Lo había sacado del cajón de ropa interior de Rita, varias tallas más delgada, y parecía que sus pechos fueran hacer estallar las costuras. El sobresalto no impidió que los bailecitos de la chica alcanzasen su objetivo: repantingado sobre un cojín notó cómo la segunda erección de la noche hacía acto de presencia. Se masajeó el miembro e indicó a su compañera que se acercara.

—Querrás ver más de cerca el desastre que has causado.

Ella se llevó un dedo a los labios y simuló un gesto de timidez.

—¿Yo?— dijo, aflautando la voz y alargando mucho la o.

—Has sido una trabajadora muy irresponsable. Ven aquí ahora mismo —. Su mano subía y bajaba por el pene cada vez más tenso. Sólo la apartó cuando los labios de la chica le besaron la punta con lentitud y delicadeza. La cremallera del almohadón se le clavaba en el culo, pero decidió ignorarla.

—Espero que no le duela, señor.

—Me arde.

Ella abrió la boca y se metió la polla hasta la garganta. Mario no sintió el más mínimo roce hasta que tocó la campanilla. Luego, un movimiento succionador, como si intentara tragarlo entero, le provocó un escalofrío. No aguantaría mucho más, ni falta que le hacía. Estaba a punto de alcanzar el mejor orgasmo de su vida. Entonces ella se detuvo, se quedó como muerta, con los labios laxos rozando su vello púbico.

—¡Eh!

No se atrevía a moverse por miedo a los dientes que sentía cerca de la carne. Rezó para que no se hubiera asfixiado mientras el miembro volvía a su forma ordinaria de oruga.

—¡Dios!

Mario gritó como un poseso. El cuerpo inerte de la chica se deslizaba hacia atrás. No sabía qué le había impresionado más, si la sensación de mordisco, la sorpresa o los ojos brillantes que precedían la marcha del cadáver y que lo miraban con verdadera hostilidad. 

—¡Joder!

Algo punzante le pinchó en el gemelo y se levantó de un salto. Miró hacia abajo y allí estaba. Tenía brazos, piernas, el pelo rojo, la piel verdosa y era muy pequeño. Con un nuevo salto, Mario se encaramó al sillón. Sonia se perdía ya en la oscuridad del pasillo cuando sonaron tres tañidos en el reloj de la única iglesia que conservaba un campanario funcional. Definitivamente, se había vuelto loco. No había otra explicación para lo que oyó después:

—¡No le mires, estúpido! ¿Qué hacemos ahora con esto?— Una risita áspera, cargada de desdén, dejó a Mario petrificado en la postura de gallina sobre el palo de un gallinero que había adoptado para protegerse.

—Nos la quedamos.

También oyó ruidos en su habitación. Cajones que se abrían para cerrarse de inmediato, el rasgueo de las sábanas al ser extendidas sobre la cama y algunos crujidos de plástico. Alguien lo estaba ordenando todo, incluido el condón que había usado con —la zombi de ojos blancos que se habían llevado aquellos gremlins del infierno— Sonia. Las botellas de vino y cerveza que sembraban la alfombra del salón desaparecieron delante de él, pero ya no había ojos malignos que lo justificaran. Había perdido la cabeza o estaba tan borracho que había dejado atrás la fase en que las habitaciones daban vueltas y había pasado a un nuevo estadio de embriaguez. Uno en el que bichos verdes de la dimensión desconocida actuaban como eficientísimas camareras de hotel. 

Se llevó una mano a la boca. Si dejaba vía libre a la carcajada que se le estaba formando en el estómago querría decir que estaba como una cabra.

Le despertó el sonido de las llaves cuando Rita abrió la puerta. Aún era de madrugada, pero el domingo alboreaba. En el cristal de la ventana se había formado una telaraña de vaho y Mario agradeció el calor de las mantas y la suavidad de su pijama favorito de invierno.

—¡Mierda!

—¿Estás despierto?

—Ahora sí— contestó mientras abandonaba la calidez de la cama. Él no se había acostado. No había dejado el sillón en toda la noche y, desde luego, no se había puesto el pijama. 

—Bien. Estoy segura de que lo de ayer no volverá a pasar.

—¿Ahá? 

—Lo de la barbacoa, ya sabes. Y lo de tu sobrina.

Cierto, toda aquella pesadilla había empezado con una discusión absurda, otra más, acerca de cómo pasar el domingo. 

—Estoy cansada, ya. Siempre es lo mismo—  había dicho ella.

—Sí, yo también estoy cansado.

—Pues vamos a dejarlo. Tampoco es tan difícil. 

—Es que no me apetece, Rita. Esta vez no voy a ir. Es tu trabajo, es tu empresa, es tu jefe.

Rita se había dado la vuelta. Aún sostenía la brocha de maquillaje. Estaba preciosa, como todas las mañanas. Incluso en mitad de una discusión sabida de memoria, Mario recordaba a la perfección por qué se había casado con ella. No renunciaría a su reunión de trabajo, como nunca había renunciado a nada. Si no hubiese sido por ella aún vivirían en un piso alquilado en las afueras. Si no hubiese sido por ella, él no habría terminado la carrera, no habrían viajado, no habrían conocido a sus amigos. Si no hubiese sido por esa mujer que llevaba combinaciones de satén con encaje negro y ligueros que sostenían medias tan delicadas que la excitación de romperlas era aún mayor.

—¿Y cuál es tu opción?— preguntó, segura de que él no contaba con ninguna.

Mario estaba terminando de atarse los cordones de los zapatos mientras hablaba. Esa vez sí tenía algo que oponer. Ya no se trataba de que no le gustase la casa, o de que su trabajo fuese insoportable, de que las vacaciones planeadas le oprimiesen el pecho ni de que sus amigos comunes le aburrieran hasta el infinito.

—Ya te he dicho que tengo que cuidar de Paula. Se lo prometí a mi hermano.

—¿Y no lo puede hacer nadie más?

—No quiero que lo haga nadie más. Es mi sobrina y quiero estar con ella. Además, he comprometido mi palabra. Siempre dices que hay que mantener la palabra dada.

—Ahora no se trata de eso. La barbacoa es importante.

—Y mi familia.

Rita suspiró. Los pinceles, las sombras de ojos, las barras de labios y las esponjitas habían vuelto ya a su lugar dentro de los cajones. Mario siempre se asombraba de que su mujer manejase todas las situaciones con el mismo ánimo sereno. 

—¿Cuántos años llevamos juntos? ¿Doce? ¿Trece?

—Casi trece, sí.

—¿Cuántas veces hemos tenido esta conversación en esos trece años?

—Pues, últimamente, casi a diario.

—¿Y tú no estás cansado?

—Agotado.

—¿Tiene solución?

Le habría gustado decirle a Rita que no era una enfermedad, ni un electrodoméstico estropeado, ni un programa informático que no respondiera. Su mujer se manejaba muy bien en términos prácticos. Mucho mejor que él. Como siempre, parecía que hablasen de cosas diferentes.

—No lo sé.

—Ya. Yo tampoco.

Ni siquiera le miró.

—Y no me gusta no saber. He quedado, ya lo sabes. Piensa si hay una solución o no. Yo creo que no la hay. A las siete estaré aquí. Me tengo que arreglar para la barbacoa. Si para entonces no se nos ha ocurrido algo, lo dejamos. En mi empresa hay abogados. Nos echarán una mano.

—No sé si a las siete estaré. Esta noche salgo con los de la oficina.

—Haz lo que quieras.

—Descuida.

—Y no se te olvide cambiar la hora. Esta noche se adelantan los relojes. Ya sabes, a las dos serán las tres.

Después de eso ella había salido a no sabía dónde y él a comprar el periódico, a una sesión matinal de cine y, por fin, a tomar algo. Las caras de sus compañeros de trabajo le saludaron alegres desde el fondo del bar y trató de que su respuesta sonase espontánea. Notaba una carga eléctrica, pesada, sobre la cabeza. Le parecía que con cada paso levantaba muchos más kilos que los de su cuerpo, hasta que se desplomó sobre un taburete que alguien había arrastrado en el último momento.

—¿Así que enfermo justo el sábado que hay que ir a currar?

—¿Se lo han tragado?

—Yo diría que no, pero ya sabes que es muy caro despedirte. ¿Te pido algo?— Mario oyó las risas generales y sonrió. Notó que su propia sonrisa era sincera y eso le animó a ensancharla. 

—Claro, hombre. A ver si lo adivinas.

—Veamos…—Germán lo estudió con detenimiento¾. Tenemos ante nosotros, compañeros y amigos, un espécimen auténtico de homo comercialis que se ha reunido por primera vez con los otros miembros machos de la manada tras una dura jornada a la caza del mamut¾. La sonrisa de Mario casi no le cabía ya en la cara. —Y, como buen novato, no querrá desentonar, así que… ¡Cerveza!

¾¡Cerveza! ¡Cerveza!¾ corearon los demás.

— ¡Ja! De eso nada. Si no le importa, señor De la Fuente, este homo comercialis va a pasar de la cerveza.

Homo comercialis rarisimus ¡Como pidas algo sin alcohol te echo del bar!

Sonia, la becaria, apareció varias copas de vino después. Alguien, posiblemente Jiménez, de comunicaciones, la habría tenido atada a la fotocopiadora hasta aquella hora infame. Cuando llegó a la mesa ya se había dispuesto una silla con respaldo y una jarra de cerveza helada para ella. Incluso le habían acercado un plato con panchitos. Mientras la chica ocupaba su asiento Mario estiró la espalda. Los taburetes le hacían polvo las lumbares.

Los demás se marcharon poco a poco. Los primeros se excusaron porque debían madrugar, aunque el día siguiente fuese domingo; otros querían ver a sus hijos y otros preferían evitar un problema con sus mujeres. 

—¿A ti no van a echarte la bronca por trasnochar?— La becaria miraba su jarra de cerveza con cierto aire de tristeza¾. Estos me hacen lo mismo todos los sábados.

—¿El qué?¾ Mario la miraba. Lo mismo que cuando había entrado en el bar, tenía la sensación de que todo lo que decía sonaba prefabricado. 

—Prometerme la luna y largarse a las doce y media. No sé qué es peor, salir con niñatos o con adultos. Al menos de los niñatos sabes lo que puedes esperar.

Mario se levantó despacio.

—Otra ¿verdad?

—¿Otra? ¿Cerveza? —Por fin Sonia levantó la cabeza.— ¿No tendríamos que cenar?

Se habían cenado el uno al otro y estaban a punto de repetir. Una noche perfecta hasta que llegaron los hombrecillos verdes.

—¿Me estás escuchando? Nos llevaremos a tu sobrina a la barbacoa.

—Claro —contestó sin ninguna inflexión—. Lo que tú digas.

—Se divertirá.

—Seguro.

—Oye ¿Estás bien? — El tono preocupado de Rita le sacó de su trance. 

—He tenido una pesadilla extrañísima… creo. Muy real. 

—Se desvanecen durante el día, tranquilo.

La sombra del divorcio había desaparecido, como cada vez que Rita se salía con la suya. De todas formas, su mujer tenía razón en ambas cosas: Paula se había divertido muchísimo. Los colegas de trabajo de Rita habían llevado a sus hijos, que pasaron el día correteando por todas partes. La finca en la que se habían reunido tenía piscina y una pista de tenis que habían reconvertido en parque infantil gracias a un castillo hinchable y una cama elástica. Las esposas de los ejecutivos sonreían y asentían, lo mismo que Mario. Poco a poco la luz del sol eclipsó las pupilas brillantes de su sueño; hasta que se sintió mejor y se persuadió de que la noche anterior había sido víctima de una pesadilla producto del exceso de alcohol. Tendría que hablar con Sonia al día siguiente y pedirle disculpas por haberse quedado dormido mientras se la chupaba.

—¿Te ruborizas? —preguntó una mujer del grupo junto al que se había detenido sin darse cuenta. 

—¿Yo? — Sentía las mejillas ardiendo y un ligero cosquilleo en la entrepierna. La desaparición de la becaria a mano de los gremlins sería un mal sueño, pero la mamada había sido de lo más real.— Tanta belleza junta me desarma ¾sonrió.— Voy a por un refresco.

El resto de la tarde pasó entre chascarrillos y coqueteos inofensivos. Cuando se aburría, Mario recordaba la firmeza de las tetas de Sonia en sus manos, los pezones duros al contacto de su lengua y, sobre todo, la campanilla que había tocado con la punta de la polla. Sí, se disculparía con ella y la compensaría. Lo que hiciera falta con tal de correrse en esa boquita. 

—Nos vamos enseguida. Es una suerte que en tu oficina no te obliguen a estas cosas. A veces me gustaría tener un trabajo sin importancia, como tú.

—Es lo bueno de los despachos aburridos, sí. Pero tú eres una triunfadora. Yo me ocupo de lo que ocurre entre bambalinas, ya lo sabes.

Procuró no arreglarse de más esa mañana, pero no pudo evitar echarse un vistazo en el espejo del ascensor. Llegaba diez minutos tarde, como era su costumbre, pero la recepcionista no le recibió con su broma diaria. La mujer, una señora bajita de permanente cardada y aquejada de una notoria incapacidad para la improvisación, había juntado las cejas encima de la nariz, con lo que su frente parecía una persiana de lamas.

—¡Ya llevo puestos seis cafés! ¡Es la policía, no el presidente!

—¿Está aquí la policía?

—Llevan reunidos con recursos humanos desde las ocho. Corre a tu despacho, que tendrás una convocatoria. Van a interrogarnos a todos.

—¿Por qué?

Germán se acercaba con un gesto entre divertido y alucinado.

—Sigue con los cafés, Rocío. Yo me encargo.

—¿Qué ha pasado, tío?

—La becaria, colega. Ha desaparecido.

Mario perdió de golpe el color y se mareó. 

—Se vino a casa el sábado ¾susrró.

—¡No me jodas! ¿Te la tiraste?

—Pues sí, pero luego me quedé dormido. Cuando me desperté el domingo no estaba. 

—Bueno… —Germán se rascó la cabeza, buscando algo agradable que decir.

—Nada de bueno. Tengo que hablar con la policía. 

—No te preocupes. Todos estamos citados.

El inspector había accedido a acompañarlo a su domicilio. No ocultar que había sido el último en verla con vida jugaba a su favor, pero eso no era mucho. Las hermanas de Sonia habían denunciado su desaparición el domingo a última hora de la tarde. Aunque podía haber pasado cualquier cosa entre la hora a la que la chica había dejado su casa y la hora de la denuncia, de momento él era el principal sospechoso. Y eso que no había mencionado a los gremlins.

—Dice que se fue a las tres.

—Sí, señor. A las cuatro en punto sonó el reloj de la iglesia y yo me dormí. El sonido de las campanadas es lo último que recuerdo.

— ¿Está seguro de eso? ¿Eran las cuatro?

—Habíamos bebido mucho. Primero con mis compañeros, luego en la cena y luego en casa. Pero sí, oí tres campanadas.

—Se lo digo porque lleva el reloj atrasado. Creo que olvidó hacer el cambio de hora.

—¿Cómo? —Mario se miró la muñeca y comprobó que era cierto. Llevaba un día y medio viviendo una hora por detrás del resto del mundo.

—Ni lo miro. Suelo usar el móvil, que se actualiza solo.

—Ya… Oiga ¿Ha limpiado la casa a fondo? Sería comprensible, para que no se enterase su mujer. Es que no hay botellas en el cubo de la basura.

Un sudor frío le perló la frente y le empapó la espalada. Durante su pesadilla había oído ruidos de limpieza y visto cómo los restos de la juerga se volatilizaban ante sus propios ojos. Pero no podía decirle eso a un agente de la ley.

—Puede que limpiara, sí.

— ¿No lo recuerda?

—Bebimos mucho, ya se lo he dicho…

—Es curioso. A todos ustedes les han aparecido lagunas de memoria ¿sabe? Ninguno de sus compañeros recuerda que Sonia se fuese con usted.

—Todos bebimos.

—Mire —El inspector cambió de pie el peso de su cuerpo y no ocultó su irritación al hablar.— Hemos tomado muestras del escenario y vamos a analizarlas, pero no creo que vayamos a encontrar nada. Lo que sí creo es que el sábado por la noche se cogió la borrachera de su vida y tuvo una fantasía con una chica mucho más joven que usted, que le pareció real y que nos está haciendo perder un tiempo muy valioso. No sé si prefiero encontrar rastros de la chica en su casa o no. En cualquier caso, sepa que le estaremos vigilando. 

Una vez más, las llaves de Rita le sacaron de una situación en la que no sabía cómo se había metido.

—Me ha avisado Luisa.

El inspector arqueó las cejas a modo de pregunta.

—Nuestra vecina de en frente. Es muy… servicial.

—Nosotros nos vamos ya, señora.

—¿Sin decirme qué ha pasado?

—Hable con su marido. Y procure hacerlo con calma. Quizá le ayude a aclararse. A nosotros nos vendría muy bien y a la desaparecida también.

Rita se había sentado en el mismo sillón que su marido recordaba como último lugar en el que había estado la noche del sábado. A petición suya había comprobado todos sus cajones, levantado las alfombras, preguntado a la asistenta si había vaciado la basura y mirado debajo de la cama. Mario la había seguido en el proceso, con el corazón en la garganta y la respiración entrecortada. Seguro que descubría su ropa interior manoseada, el conjunto rosa fuera de sitio, la esquina superior del envoltorio del preservativo, cualquier resto. Siempre le abroncaba por perturbar la paz de su alma desordenando cosas que él ni siquiera sabía que correspondieran a un lugar determinado. Por eso era la persona idónea para encontrar las pruebas de que no mentía. A esas alturas prefería convertirse en asesino que perder la razón.

—Cariño, todo está bien. Perfecto. Exactamente como debe estar.

Mario se derrumbó. Se tapó la cara con las manos y, entre sollozos, le hizo a su mujer la misma confesión que a la policía.

—¿Esa es la pesadilla de la que me hablaste? 

—No fue una pesadilla. Vine a casa con la becaria, nos acostamos y cuando desperté ya no estaba. Ahora resulta que ha desaparecido.

Rita se levantó del sillón alisándose la falda y tirando de los puños de su camisa, igual que en las presentaciones de sus proyectos. Caminó por la alfombra, sin salirse de sus límites. Las zapatillas de algodón de suela gruesa hacían que sus pantorrillas pareciesen palillos que sobresalían de la falda.

—Mario, me estás diciendo que me engañaste y que la chica desapareció.

—Eso es.

—Deja de sorber los mocos, por favor. Y escucha. No creo que me engañaras. 

Él se incorporó. La veía borrosa por las lágrimas, pero nada disimulaba el tono de desprecio y cansancio de su voz.

—Seguro que la chica te gusta. Seguro que es muy guapa, mucho más joven que yo, agradable y que no te exige nada. ¿No eres como su jefe o algo así?

—No.

—Pues da igual. Eres fijo en la empresa. Seguro que no te rechista. Nosotros tuvimos una discusión muy fea ayer y querrías vengarte, o… ¡qué sé yo! Pero engañar a alguien es complicado. Hay que planearlo, encontrar el momento oportuno, establecer cómo ocultarlo. Ninguna chica vendría a tu casa sabiendo que tu mujer se puede presentar en cualquier momento.

—Sí que lo tienes estudiado.

—No es eso, es de sentido común. Además, te encontré solo en la cama, en pijama. Nunca te acuestas vestido después de follar.

Eso era total y absolutamente cierto. Mario no tuvo más remedio que estar de acuerdo.

—Quizá necesites ayuda. A lo mejor ambos debamos ir a terapia. Últimamente nos presionamos demasiado.

Casi siete meses después, él seguía recibiendo terapia mientras su mujer aceptaba invitaciones a barbacoas en casas elegantes con piscina y pista de tenis. En la oficina, un chico lleno de granos sustituía a Sonia, de quien no se había vuelto a saber. El inspector de policía ya no se pasaba por allí para pedir nuevas declaraciones y Germán no insistía para que Mario se uniera a las cañas de los sábados laborables. Su vida se había transformado en una sucesión de días que enterraba en montañas de trabajo y noches que se esfumaban tras el velo espeso de los somníferos. Si se descuidaba y dejaba que su mente vagase, aunque sólo fuera unos minutos, los ojos brillantes y las ojeras verdosas volvían. De día los ahuyentaba con un nuevo pedido, una llamada, una venta o papeleo. De noche le perseguían, le acorralaban junto al cuerpo inmóvil de Sonia, que le miraba con sus ojos recubiertos de cataratas, la boca entreabierta, los labios todavía hinchados, los dientes relucientes. Se despertaba con un bulto en los calzoncillos, con los ojos cerrados encontraba el camino hasta el cuarto de baño y se aliviaba. Estaba seguro de que los duendes malignos le espiaban. Lo único que podía hacer contra ellos era negarse a verlos. Así se había librado de la manta-raya que vivía bajo la cama en casa de sus padres. 

Mientras tanto, el terapeuta le sometía a regresiones idénticas en las que él comenzaba sintiéndose limpio, recién estrenado. Sonia exploraba la casa mientras él remoloneaba en su cama, en la que no encontraba ni rastro del olor de Rita. Sonreía. De repente le apetecía estrenar la calle con pasos nuevos de soltero redescubierto y se levantaba. Sonia le seguía

La temperatura agradable, la brisa leve que refrescaba la piel de sus antebrazos, libres de la camisa laboral y la chaqueta corporativa le ponían romántico. Suponía que la ciudad se vería distinta desde la perspectiva de un hombre libre. No se había equivocado: todo tenía un aspecto extraño. Los mismos edificios se mostraban más nítidos, o difusos. No podía precisarlo. Quizá había bebido más de lo que recordaba. Antes o después, en todas a sus sesiones de hipnosis, llegaba un punto en el que la bebida se convertía en la excusa perfecta para todo. De todas formas seguía,  caminaba con Sonia y le parecía que a ella le divertían sus gestos de sorpresa, su manera de alzar una ceja o las medias sonrisas tras el descubrimiento de un cambio sutil.

—¿A ti no te parece que las cosas están diferentes?

Sonia tardaba en contestar. Examinaba las aceras, las papeleras, las farolas, las marquesinas de los autobuses.

—No. A mí me parece que están como siempre.

—A lo mejor el que está distinto soy yo.

Sonia reía con ganas y él se fijaba en que el esmalte de sus dientes destellaba bajo la luz artificial.

—Tú estás más igual que nada. Igualito que esta mañana. Hmmm… Menos la camiseta. 

Esa familiaridad le tranquilizaba porque convertía en realidad todo lo que había sucedido durante la hora anterior. No importaba que se hubiera pasado con el vino. Algo había cambiado: ya no tenía un vínculo inquebrantable con Rita. El vínculo existía, sí, pero se disolvería por la mañana en cuanto ella regresase. Tan rápido como una cucharada de café soluble en una taza de agua hirviendo.

Cogía a Sonia de la mano y tomaba el camino del parque. No llevaba a nadie allí desde el instituto, pero aquella corriente de aire inusual que le erizaba el vello le había puesto ñoño y le apetecía hacer cualquier cosa. Especialmente cualquier cosa que no hubiera hecho en los últimos trece años.

La besaba bajo las farolas que los adolescentes continuaban rompiendo a pedradas y ella le respondía cada vez. Los ojos cerrados, los labios ávidos y las mejillas calientes. Debían de llevar mucho tiempo en la calle porque la luz cambiaba deprisa y él se había enfriado sin darse cuenta.

Esas eran las tonterías que su cerebro a medias consciente inventaba para el doctor, pero no pudo pronunciar ni una de ellas cuando Consuelo lo convenció de que hablara.

La encontró sentada en la acera, frente a su portal. Una mujer menuda, peinada con primor. De lejos parecía una adolescente. Mario se peleaba con la cerradura cuando oyó su voz grave por primera vez.

—Creo que usted es la última persona que vio con vida a Sonia Velasco.

Las llaves se le cayeron de las manos y la imagen de unos ojos redondos, amarillos, le deslumbró durante un momento. 

—He seguido su rastro hasta aquí. Entró en su casa, pero no volvió a salir.

El corazón le latía más rápido de lo que le funcionaba el cerebro. Era la primera vez que alguien tenía por cierto lo que él había reclamado desde el primer momento. Sintió agradecimiento. Por encima del miedo a que le tomaran el pelo y de la vergüenza estaba agradecido a aquella niña de cincuenta años con voz de tenor.

—No sé de qué está hablando —porfió. —La policía ya estuvo aquí.

Una expresión de profunda pena y comprensión se adueñó del rostro de la mujer.

—No tenga miedo de mí. Si puedo ayudar, le ayudaré. Sólo quiero encontrar a Sonia.

Había algo en el tono de la mujer, una seguridad, una suavidad, una firmeza, que no admitía réplica. Tampoco Mario estaba interesado en replicar. Lo que quería era recuperar el sueño y la vida. Aunque fuese la misma vida llena de peleas absurdas con la que había deseado terminar tan fervientemente unos meses atrás. Así que la invitó a subir, hizo café y se lo contó todo a Consuelo. No omitió ningún detalle: los pinchazos, los ojos, la sensación de que alguien ordenaba el desastre, el cuerpo desvanecido que algo arrastraba hacia la oscuridad del pasillo. La mujer se levantó, dejo la taza sobre la mesa de centro y se dirigió al punto exacto por donde había desaparecido la becaria.

—Sí, justo ahí.

—Todavía oigo las cuatro campanadas dentro de mi cabeza. El lunes siguiente la policía quiso hacerme dudar porque llevaba el reloj atrasado. Olvidé cambiarlo. Siempre lo olvido, pero esas campanas… No las borraré de la memoria jamás.

Consuelo sonrió con tristeza.

—Parece que todo esto ha sido un terrible error.

—¿Qué quiere decir? ¿Cómo que un error? —El temor a haberle contado todo aquello a alguna periodista de sucesos despiadada que le haría parecer un adúltero ridículo volvió a campar por sus respetos.

—Sí, pero no de los que usted cree. No conoce a los duendes del tiempo ¿verdad?

—¿Esos bichos repugnantes?

—Se encargan de devolver las cosas a su cauce durante los dos cambios de hora anuales. A veces las personas nos olvidamos de cambiar la hora en nuestro reloj y seguimos con nuestra vida. Pero lo que sucede en ese lapso de tiempo no es real. Antes o después, nos damos cuenta de que ya no son las dos de la mañana, sino las tres. Entonces los duendes aparecen. Lo hacen sin ser vistos. Borran de las memorias de los hombres lo sucedido en el lapso robado al tiempo y devuelven a cada persona y cada objeto al lugar que le habría correspondido a la hora real. Y la vida sigue su curso como si…

—Como si nada hubiera pasado.

—Por alguna razón uno de esos duendes puso su atención en usted, le miró a los ojos y se hizo visible. Eso debió de suceder antes de que retornaran a Sonia a su sitio. Una vez les vio usted, no pudo olvidarlos. 

—Créame. No son fáciles de olvidar.

—Y por eso se han quedado con ella. No podían devolverla y arriesgarse a que usted despertase su memoria dormida. Se habría desatado el caos.

Mario se imaginó que aquel lunes atroz entraba en la oficina oliendo a colonia y llamaba a la becaria a su despacho para recordarle el trabajo que se había dejado a medias el sábado por la noche. Pero ella no recordaba nada. Quizá le habrían reconectado el cerebro al momento en que todos dejaban el bar y se iba cada uno a su casa. Entonces la chica saldría de su despacho moviendo las caderas en dirección a recursos humanos. Lo siguiente que veía era a sí mismo recibiendo una demanda por acoso sexual.

Por lo visto había una manera de encontrarse con aquellos seres diabólicos y solicitar que Sonia regresase al mundo de los vivos… o a la línea temporal a la que pertenecía.

—No son amistosos —había dicho Consuelo—. Pero les gusta el trabajo bien hecho.

El último domingo de octubre, cuando a las tres serían las dos, Mario y su nueva amiga se quedaron solos en casa. Ninguno de ellos cambió la hora.

—Pero en realidad sabemos que no son las tres, sino las dos.

—Esperemos que eso no importe—contestó ella con la voz aún más grave de lo habitual.

Pasaron la hora en silencio. Ella con los ojos entornados y las piernas cruzadas, como si meditase, aunque Mario no sabía si para meditar era necesario recitar oraciones o bastaba con el silencio. Él miraba a las esquinas, donde creía ver sombras que se movían, ojos que acechaban y todo tipo de peligros. Cuando sonó el reloj de la iglesia los dos permanecieron quietos y muy atentos. Contuvieron el aliento, a la espera de que los bichos aparecieran, pero no sucedió nada.

Mario suspiró, decepcionado. Iba a pedirle a Consuelo que actualizasen los relojes cuando vio cómo la cabeza de la mujer se desplomaba sobre su pecho. En esa ocasión no hubo pinchazos en los gemelos ni sesión de limpieza. Lo único que los duendes debían quitar de allí era el cuerpo. Los ojos amarillos que acosaban las noches de Mario aparecieron detrás de la cabeza castaña de la mujer. Tenían la misma expresión divertida e insolente que la primera vez. Desprendían la misma hostilidad.

Paralizado, Mario veía cómo el bicho y otro par más se llevaban a Consuelo del mismo modo que se habían llevado a Sonia.

— ¡Esperad!— gritó. Tenía la garganta tan seca que le dolió —Esperad, por favor.

Susurros agudos se superponían unos a otros. “no podemos hablarles”, “no podemos mirarles”, decían. “No estamos aquí”. “No, no, no”. Mario no estaba seguro de si las voces sonaban sólo dentro de su cabeza ni se hacía una idea de cuántos de aquellos bichos maléficos habría en ese momento en su sala de estar.

—No podéis llevárosla.

—¿No podemos? ¿Quién dice que no podemos?

Uno de los gremlins se destacó, salió a la luz donde Mario contempló su diminuto cuerpo cubierto de verrugas y su pelo rojizo. El bicho le devolvió el escrutinio sin pudor. A su espalda, los otros se lamentaban de lo que pasaría a continuación. “Muerte”, “castigos”, “hambre”. 

—No les hagas caso. Mis hermanos están asustados.

—¿Tus hermanos?

—¿Quién dice que no podemos llevárnosla? La pondremos con la otra, será el segundo trofeo.

Mario pensó tan rápido como pudo. Si no le habían atacado ya, quizá no lo harían. Algo debían de querer y si querían algo se podía negociar con ellos. Eso era bueno. Mario se ganaba la vida negociando. Se la ganaba muy bien. Se frotó las manos sudorosas en el pantalón y se sentó en el suelo, para que la diferencia de altura con el bicho no fuera tanta.

—Así que conserváis al primer trofeo.

Los ojos del gremlin relucieron de placer.

—Así es. Donde nosotros vivimos no se muere. No hay tiempo.

—Es a ella a quien estamos buscando. A Sonia. Creemos que os la llevasteis por error.

El duende se sujetó el estómago cóncavo con las garras diminutas. Un ataque de risa le dobló sobre sí mismo. Mario se sentía estúpido; no había nada que hacer hasta que el bicho decidiese que ya se había reído bastante.

—Nada de errores —resopló—. Yo te elegí a ti.

—Pero te la llevaste a ella. Te pido que la devuelvas.

—¿Y vendrás en su lugar? 

El comercial tenía muy claro cuándo una negociación pendía de un hilo y ese era uno de aquellos momentos. Hizo lo que pudo para no sonar espantado.

—Preferiría no hacerlo, la verdad —esbozó un remedo de sonrisa.

—¿Por qué? Tú vida aquí no merece la pena. Tu mujer se acuesta con otro, has perdido a tu amante y nos estamos llevando a la única persona que te cree. Saldrías ganando si vinieras.

La noticia dejó a Mario anonadado. Jamás se le había ocurrido que Rita le engañase. Era demasiado recta, demasiado honesta. Ella no caería en semejante vulgaridad. Si no fuese feliz le abandonaría y buscaría a otro. Esa era su política. Eso había predicado siempre. Pero se había mostrado demasiado segura de que él no la engañaba, de que no podría con las complicaciones y las consecuencias. 

—Su amante también es un desastre, como tú. La recondujimos a su punto de partida media hora antes que a ti. Se dio cuenta de que el otro no había cambiado la hora mientras lo hacían. ¿Cómo lo decís vosotros? Es una zorra fría.

Los ojos amarillos del duende ya no le parecieron tan amenazadores.

—En eso estamos de acuerdo.

La muy hija de puta le había tenido yendo a terapia durante casi siete meses, se había negado a acudir con él y se estaba tirando a otro tío. Si lo pensaba, si de verdad se paraba a pensarlo, no era tan descabellado. Cada cosa tenía un lugar: el de Mario era el marco de la foto de boda y el de Rita todos los demás. 

—¿Lo ves? Tu vida es un asco.

—Pero podría mejorar.

El gremlin le miró con cierto interés. Hablaron durante treinta minutos más. Luego Consuelo despertó en su casa con la sensación de que algo había salido como era debido, pero no del todo. Llamó por teléfono a su hermana, que lloraba de emoción cuando descolgó el auricular. Sonia había aparecido sana y salva. No recordaba nada de lo que había pasado durante ese medio año, pero no parecía haber sufrido daño alguno. Cuando colgó, la sensación de pieza desencajada no se había disipado del todo, pero la felicidad de haber recuperado a su sobrina se impuso a la inquietud. Ya no tendría que meterse en casa del tal Mario a tentar a unos duendes caprichosos y malvados. Ya no. Le llamaría para avisarle de que todo había vuelto a la normalidad y se olvidaría del asunto.

La primavera llegó cargada de flores y de invitaciones a fiestas al aire libre. Mario accedió de buen grado a acompañar a su esposa en aquella ocasión. De hecho, disfrutó más que nunca de las hamburguesas quemadas y no se quejó ni una sola vez de que los anfitriones sustituyesen el queso manchego y el jamón serrano por comida basura americana. Contestó a todas las bromas con elegancia y condujo hasta casa al terminar la velada. Su mujer había bebido un poco de más. O eso creía ella. En realidad él le había deslizado un poquitín de somnífero en la última copa. No se dormiría, pero permanecería dócil en un estado de semi inconsciencia mientras él atrasaba los relojes de ambos. Su amigo de ojos amarillos se ocuparía del resto.



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