Cuando comencé a escribir: mi primer relato publicado sí que era de terror
He pensado que sería buena idea hacer un poco de historia. Lo he pensado, claro, porque me encuentro en un momento tumultuoso y melancólico -pero positivo-. Así que os contaré mi primera experiencia en el mundo literario que, para ser honesta, ni siquiera tuvo lugar en lo que los adultos llamamos, haciendo un soberano alarde de estupidez, mundo real.

Publicaron mi relato FRÍO, GRIS. FRÍO AZUL. FRÍO en el primer suplemento literario de la revista "Noticias Deusto". Sí, la fotografía que ilusra este post corresponde a la portada de aquel número de 1996. Se trata de una historia de dolor -de mi dolor-, de alguien que detestaba su vida a todos los niveles: odiaba a mi familia, odiaba la universidad, odiaba el mundo y me odiaba a mí.

No está mal haber vivido 20 años más para poder contarlo, aunque sea con un nudo en el estómago.

En cualquier caso, estos días he recuperado aquellos escritos y algunos otros: relatos premiados en concursos, dos ejemplares de una revista barra fancine barra madre mía qué ingenuidad la nuestra, de la que editamos dos números. Tengo mcuhas ganas de compartirla con vosotros. El segundo hasta tiene publicidad y el precio escrito a mano: 200 pesetas. Entonces no eran antiguas. Eran pesetazas.

¿Que por qué lo publico ahora? Pues porque no estaba mal escrito aunque la versión presente se ha editado ligeramente para corregir la profusión de "eras" y "estabas"; pero sobre todo porque la temática no ha variado demasiado: sigo escribiendo sobre personas que sufren y sobre familias rotas. A veces salen vampiros, a veces salen fantasmas y a veces naves espaciales.

Y esto no es más que la demostración de que no hay ninguna diferencia entre esos escritores serios a los que les dan escaparates y premios millonarios y nosotros, los escritores igualmente serios que tenemos que defender que las invasiones extraterrestres y los hombres lobo merecen tanto respeto como un señor de nombre Ulises. Como cualquier señor llamado Ulises. 

Si Cervantes levantase la cabeza...

Pero no la va a levantar, así que os dejo con mi cuento, con el cuento de una yo de 22 años.

Disfrutad y sed piadosos

  

FRÍO AZUL, FRÍO GRIS. FRÍO.


Resultaba patético mirar por la ventana. No hacía mucho tiempo se veían campos de cultivo en lugar de cadáveres silenciosos. A veces la tentación se hacía irresistible. Llevaba dos días sin comer apenas nada. Allí, encerrado en la cocina de su casa porque del resto de ella no quedaba ni una pared y ni siquiera contaban con un sótano. Tenía tanta hambre... Y los muertos estaban allí, ya fríos; posiblemente rígidos, casi incomestibles. Pero eso era lo de menos, estaba seguro de que su madre podría hacer algo con ellos. Su madre siempre le sacaba de apuros. Lo tenía decidido: iría y se lo contaría a su madre. Esa noche cocinarían y la mañana del tercer día comerían algo sólido, algo que no fuera viento, estallidos o metralla.

Todo estaba tranquilo y él se dirigía hacia el rincón en el que su madre dormitaba. Pero no pudo decirle nada porque las explosiones comenzaron de nuevo y él tuvo que hacer el gesto que ya se le había convertido en una costumbre; se tapó los oídos con las palmas de las manos y apretó los ojos hasta que la oscuridad se llenó de puntitos de colores que se parecían demasiado -suponía él- a las explosiones de afuera. Pero su intento, como otras veces, no sirvió de nada: él sabía que aquello estaba pasando y que debería dar gracias por estar viviéndolo todavía. El mundo sucumbía a su alrededor sin que él se atraviese siquiera a mirar y -pensó- debía dar gracias.

Todo cesó tan rápidamente como había empezado. Abrió los ojos muy despacio. Le dolían, pero quería comprobar que todo seguía allí. Vio que si: su familia no había variado un ápice su posición, ni les había despertado aquel ruido espantoso. No podía entenderlo: allí yacía su madre, a quien había estado a punto de sugerir que saliese afuera para cocinar un congénere, y que había permanecido bajo una lluvia de muerte durante casi tres días. Seguía durmiendo. La expresión de su rostro la acercaba más a una felicidad absurda que a sentimientos tortuosos por la suerte que pudieran correr sus hijos. En aquellas horas de encierro habían visto caer y hacerse pedazos contra el terrazo, uno a uno, todos los vasos, todos los platos y todas las tazas. Todo lo que podía romperse ya estaba roto y ella no había expresado ni un solo pensamiento, no había esbozado un gesto, por nimio que fuera, que él pudiera interpreta como dolor. Se limitó a apartar sistemáticamente los pedazos más grandes colocándolos en una esquina sin darse cuenta de que los trozos más peligrosos eran las esquirlas. Y, cuando él le preguntó por la comida, ella se encogió de hombros y se sumió sin más en un sopor catatónico que había aparecido al mismo tiempo que los aviones. 

Antes del desastre él nunca había visto a su madre tan apática ni le había parecido tan estúpida. Estaba incluso convencido de que los quería a él y a su hermanita. Pero de él se había olvidado y a su hermanita sólo la miraba cuando lloraba. Lo hacía de un modo lastimero, con los ojos secos y vacíos que suplicaban que dejara de gemir. Pero su hermanita era muy pequeña y tenía mucha hambre y no sabía comprender que su mamá no podía ni quería hacer nada para sacarla de aquel cuarto oscuro porque había conseguido sentirse bien allí. Ya no tenía que levantarse temprano ni dormir con su marido. Ya no tenía que lavar, ni que preocuparse porque sus niños se le perdieran. Ya sólo le quedaba su vida y estaba feliz de no saber qué hacer con ella. Pensando todo eso el niño se dio cuenta de lo que en realidad era su madre: una vez, antes de quedarse sin casa, ella le estaba contando como había conocido a su padre y cómo se había alegrado de salir de su propia casa porque la abuela -a la que él nunca había visto- era una tirana que la obligaba a “trabajar”. A él le extrañó el tono en que su madre dijo trabajar, porque siempre le había enseñado que trabajar era una cosa buena que le allanaba a uno el camino hasta el cielo. Pero justo cuando iba a preguntarle apareció su padre y a su madre le volvió la tristeza a los ojos. Entonces sólo pensó que se debía a los recuerdos. Y esa noche, la anterior a la tercera mañana de encierro, comprendió que su madre no quería a la abuela, ni siquiera a su padre. Su madre no quería nada, ni a sus hijos. Su madre era sólo una persona a la que él, de repente, tampoco quería. Siguió mirándola, apoyada contra la pared, imperturbable. La despreciaba por su impasibilidad, por su ignorancia, por su estupidez, por no haber sabido vivir.

Otra vez las manos a los oídos y los ojos apretados. Explosiones por todas partes que parecían sonar dentro de su cabeza sin un silencio posible. Sintió que la eternidad completa estaría llena de estallidos oscuros y terribles que ocurrirían en su cerebro, minuto a minuto, sin interrupción. Comenzó a girar sobre sí mismo. Giró, giró, giró y giró hasta que aquella eternidad hubo terminado y con ella el ruido. Pero le quedaba el eco, nunca iba a desprenderse del eco.

Poco a poco, como lo que ya era siempre, abrió los ojos. La ventana volvía a estar en frente. Otra vez la ventana y los otros muertos, los que tenían la suerte de haberse partido en dos y lo veían todo desde fuera. Otra tentación se le venía encima pero se decidió a no mirarlos más aquella noche en la que -por desgracia— había una luna llena. La más bonita que había visto nunca. Caminó hacia su esquina y tropezó con una pierna de su padre. Tuvo la suerte de no caerse y rezó para que el otro no hubiese sentido el golpe. Siempre había respetado y temido un poco a aquel hombre grandote con el que nadie se atrevía a discutir. De más niño quería ser como él, pero tuvo la desgracia de parecerse más a su madre. Era un debilucho, un nena -decían- y los otros chicos le pegaban siempre. Para divertirse o para desahogarse o porque les apetecía. Su padre solía decirle que tenía que aprender a defenderse, que algún día tendría que vivir solo y no iba a haber nadie para librarle de ninguna paliza. Luego le miraba, muy serio, y seguía removiendo la tierra alrededor de las patatas.

Su padre nunca dejaba que pasase nada malo cuando estaba cerca. Y si estaba lejos y se enteraba corría a donde hubiera que correr. Recordaba que de más pequeño le contaba cuentos para que durmiera, y que siempre intentaba convencerle de que no había ningún monstruo en la oscuridad. Una vez que llovía mucho fue a buscarle a la escuela para llevarle un paraguas. Pero gritaba cuando las cosas no estaban como él quería. Su madre le obedecía siempre. Cuando llegaron unos hombres que querían echarles de su propia casa él pudo escuchar, escondido tras la puerta, cómo fue su padre quien terminó por echarles a ellos. Y, aunque amenazaron con volver y traer a la policía si era necesario, nunca lo hicieron. Por eso quería ser como su padre. 

Pero después de los primeros socavones del jardín y del huerto su padre no había movido tampoco un solo dedo para sacarles de allí y, cuando él intentó acurrucarse a su lado porque tenía mucho miedo, le dio un bofetón, le llamó marica y se apoltronó en una esquina. Así había estado todo el tiempo: despatarrado y soltando un ronquido de vez en cuando; y, tan fuerte, que a él casi le daban ganas de taparse los oídos como cuando caían las bombas. Esa noche, después del segundo desastre, entendió también que su padre no les quería a él y a su hermana más que su madre. Sus miradas de cuando aparecía lleno de cardenales supuraban deprecio porque siempre había deseado un hijo bruto e ignorante como él. A su hija ni siquiera la miraba: cualquier día se convertiría en una mujer.

De pronto le dio miedo porque era ella, la pequeñita que ya nunca podría saber cómo habían sido antes las cosas, lo único que le quedaba y no se sentía con fuerzas para educarla en el recuerdo. No quería convertirse en su padre ni en su madre. Tenía bastante con ser su hermano y no quererla. Tal vez le diera pena, pero no había nada más. Le irritaba su llanto continuo. Aunque en las últimas horas se hubiese hecho intermitente. 

Esa mocosa a la que odiaba era su única esperanza y él no quería una esperanza; quería salir de allí y destaparse los oídos y abrir los ojos y no ver y no oír nada.

Otra vez. La tercera y al alba. Se estaba acercando al montón de mantas para asfixiarla y terminar con todo de una buena vez, pero volvieron los estallidos y la casa tembló. Luego sólo quedaba una pared y unas mantas polvorientas.

Debajo, apenas un bebé que lloraba.

   

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