DESPACIO: relato de renuncia
 

—Puede que sea por el metabolismo ¿sabe?

—¿El metabo..?— comenzó la paciente, con lentitud.

—Sí, a veces, algunas personas ¿sabe?, tienen el metabolismo más lento.

 —¿Es por..?

—No, no, no. No tiene de qué preocuparse, que no es culpa suya. Sólo tome esto que le receto y verá cómo mejora. Dentro de unas semanas tendrá que comprar ropa tres tallas menor. Ya verá.

La mujer, Romina, sujetó la puerta mientras el siguiente enfermo pasaba, con prisa. Ella aún estaba dentro de la consulta. Su metabolismo no era lo único que funcionaba despacio. Desde que recordaba había sentido que todo iba demasiado rápido a su alrededor. Los kilos en cambio, caminaban a su mismo ritmo, se le asentaban sobre los huesos con parsimoniosa seguridad.  Como no tenía espejos no le había importado jamás, pero ahora le dolía la espalda. Tampoco podía agacharse sin resoplar.

En casa la esperaban un montón de frascos de vidrio transparente. Estaban vacíos porque no podía agacharse sin resoplar. De otro modo estarían vacíos porque habría vendido los caracoles. Con el dinero que le pagaban  en los restaurantes habría comprado comida y películas. Lo que más le gustaba en el mundo era ver películas. Es decir, lo que más le gustaba excepto salir al jardín, descalza tras una tarde de lluvia, a buscar caracoles escondidos bajo las hojas grandes y verdes. Las plantaba porque eran sus favoritas. Los vecinos agradecían que la plaga afectase solamente al jardín de Romina.

Unas pocas semanas después tuvo que salir a comprar ropa más pequeña. No recordaba cuándo había sido la última vez que había usado una camisa que no hubiese cosido ella misma. Se metió en el probador de unos grandes almacenes y se desabotonó el vestido. Siempre les cosía los botones por delante. Era mucho más cómodo. El que había tomado del perchero se cerraba por detrás. Se las apañó bastante bien para subir la cremallera. A pesar de su inexperiencia.

—¿Cómo le queda?

—Creo que bien—. No se dio cuenta de que había terminado la frase.

—Quiere que…

—No hace falta, gracias. Me lo llevo.

Tampoco se dio cuenta de eso.

Le pareció que desabrocharse al tacto era más difícil que realizar la operación contraria. Algo se enganchó a mitad de la espalda. Debía de tener una espinilla o algo similar. Le dolió cuando trató de desprenderse de la prenda con un par de tirones. Pero no había sangre en sus dedos cuando los miró, así que pagó su compra sin queja alguna antes de irse.

Aún así no estaba tranquila. Por eso pidió cita con su médico de cabecera. Marcó los números que le pedía la locución telefónica sin dejar que la voz grabada llegase al final de las frases. Esa noche durmió mal, boca abajo, porque la espalda le molestaba. Sentía una comezón extraña.

—¿Pero qué…?

—No se moleste en adularme, doctor. Necesito que me examine.

Ella misma corrió la cortina que separaba la camilla de la puerta de la consulta, se quitó el jersey de punto que tejiera meses antes y se tendió.

—Bajo los omóplatos—dijo.

—No hay nada…

—No me venga con esas, doctor. Nunca había tenido problemas en la espalda, así que sé de lo que hablo.

—Hasta que vino usted con todo su sobrepeso, quiere decir.

Romina no contestó a eso porque era verdad y, por muy rápido que trabajase su cerebro, no era dada a contradecir cosas que era ciertas.

—No hay nada extraño en su espalda. Podría haberlo mirado en casa.

—No tengo espejos.

—Claro… Espere. Le haré una fotografía con el móvil.

En la pantalla demasiado brillante que el médico le mostró, Romina vio una espalda como de muñeca. Delgada, lisa, bonita.

—Lo que le molesta debe de ser la pestaña.

Ante la mirada bovina de su paciente, el doctor amplió la imagen y señaló.

—Es esto. Debajo van las pilas.

Romina le miraba. Se negaba a entender.

—Las pilas, las que han activado su metabolismo. Si no fuera por esas pilas ahora mismo…

—¿No eran vitaminas?

—¿En una única toma? No. Eran el… digamos germen. Eran el germen de la petaca. Ahora su cuerpo recibe la señal de procesarlo todo mucho más rápido.

En casa la esperaba un montón de frascos de vidrio transparente. Estaban vacíos porque hacía varias semanas que ya no veía los caracoles. Sabía que estaban ahí. A veces los pisaba y oía el crujido de la concha, pero ya no los veía. Se dijo que era porque los caracoles y ella vivían ahora a velocidades diferentes.

Se sintió triste. Se preocupó. A saber de qué viviría. Sin caracoles

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