Bombeando (04) (Parte II) (Tamy)
 
El camión cisterna llegó envuelto en polvo y humo blanco. Era más viejo y destartalado que la camioneta de don Roque. Seguro que el hijo de puta habría llamado a algún viejo como él, amigo de toda la vida, para mostrarle —y ufanarse de— la pendeja que se había cogido. 

Pero del camioncito salió un muchacho de unos 30 o 35 años, alto, ancho de hombros, de abdominales planos y cabello enmarañado. Tenía los ojos claros y la piel bronceada por el yugo, con una cicatriz fea en la mejilla mal afeitada, que le deba un aire de narcotraficante “bueno” de telenovela.

Tamy me soltó de inmediato y se fue hacia él.

—Hacete cargo de mi hijo, cuerno...

Fue tan fría en la forma de decirlo que me dejó sin reacción. En cambio no fue nada frío el andar y el bamboleo reguetonero de caderas cuando se dirigió hacia el tipo. No puedo asegurarlo porque nomás veía la espalda de ella, pero me juego una paja a que ya le sonreía.

—Tamy, comportate —la grité entre dientes. Por toda respuesta solo levantó una mano con desdén, ni siquiera giró para mirarme y tranquilizarme.

—Hola, preciosa —la saludó Machete con una sonrisa. Así, "hola, preciosa", como si estuviera en un boliche. Algo me decía que mientras yo estuve entreteniendo a Botellita, el viejo estuvo haciendo algo más que cogerse a mi mujer en el auto. Machete parecía tener demasiada información.

Don Roque lo saludó con un apretón de manos y un guiño.

—Hay que llenarle el tanque a esta belleza.

No se refería a mi auto, eso seguro.

Tamy ya estaba junto a Machete, que la miró de arriba a abajo sin disimulo, como si fuera una cosa garchable puesta en un escaparate. Se dieron un beso en la mejilla, casi rozándose lo labios, y yo me acerqué y me pegué a mi mujer como para marcar y proteger lo que por derecho solo me pertenecía a mí. Machete ni me registró, siguió mirando y sonriendo a Tamy.

Entonces don Roque, supongo que fastidiado porque yo me le pegué a su hembra, dijo con una brutalidad total:

—Acá el cornudo necesita nafta para llegar al primer pueblo. ¿Qué descuento le podés hacer?

¡Ah, no! Ya conocía el versito del descuento.

—No, ¡qué descuento! —salté— No quiero descuento de nada. Solo llene y cóbreme lo que me tenga que cobrar.

—Te la voy a llenar, no te preocupes —dijo, y esta vez miró a mi mujer a los ojos, y ella le sonrió. Ahí me di cuenta que se habían acercado mucho entre sí, y con los brazos en jarra, Tamy lo estaba tocando disimuladamente—. El único problema es que se me rompió la bomba del tanque.

—¿Qué bomba? ¿De qué estaba hablando? 

Ya me estaba poniendo nervioso.

—La bomba que manda la nafta de la cisterna a su tanque.

—¿Pero puede cargarlo o no, carajo? —me impacienté.

Entonces don Roque me tomó de la base del cuello. Fuerte, muy fuerte.

—No sea soberbio, porteñito. ¿No le enseñé hace un rato que debe ser respetuoso con el prójimo?

El movimiento me sorprendió. Quedé a su merced con su manaza que me apretaba cada vez más fuerte y el dolor comenzó a acalambrarme las piernas. Vi a Machete sonreírle y zalamear a Tamy, que no parecía darse cuenta de nada a pesar de estar a mi lado.

—Por favor, don Roque... —murmuré, tartamudeando por el dolor, pero más por la humillación de ser sometido al lado de mi esposa.

—Todos ustedes son iguales, vienen a los pueblitos y se quieren aprovechar de nosotros.

Caí de rodillas al suelo, tomándome el cuello. Recién ahí Tamy pareció advertir algo:

—Mi amor, ¿te tropezaste?

—¡Maricón! —sentenció don Roque con desprecio.

Desde el suelo vi el brazo de Machete rodear la cintura de mi mujer y la mano apoyarse sobre un anca.

—Tiene que haber una forma.... —rogué al borde de las lágrimas.

—Hay una bomba manual —dijo el muchacho, sin darle mayor importancia. Seguía distraído con Tamy—. Pero yo no voy a accionarla. Está oxidada, se traba…

—Mi amor —dijo Tamy, ayudándome a levantar—, con Machete y don Roque pensamos que quizás lo mejor sea que ellos me lleven al pueblo así yo busco ayuda, y vos te quedas cuidando el auto con Botellita, y de paso tenés tiempo de calidad con él.

—¡No, no, no! —me apuré a decir, y restregué el hombro— No voy a dejarte ir sola a un pueblo desconocido, puede ser peligroso.

—No hay problema, ellos se ofrecieron a cuidarme.

Iba a gritarle a Tamy que se deje de joder, que me daba cuenta que se los quería coger. Eso me enfurecía, pero el dolor en el cuello y la mirada de pocos amigos de don Roque me hicieron recapacitar.

—Tamy, mi amor, no quiero separarte de Botellita —y miré a Machete, tratando de no bajar la mirada porque me parecía que el hijo de puta estaba manoseando a mi amorcito—. Yo puedo accionar esa bomba manual —Por un momento recordé la primera vez que fui a Lobos, la pileta vacía y la bomba, y me estremecí—. Total, ¿cuánto se puede tardar en llenar un tanquecito?

Tomara el tiempo que tomara, nomás agarrar la bomba me di cuenta que con esa porquería a mí me iba a llevar cien veces más. No solo estaba oxidada, estaba sucia de nafta y gasoil engrasado, de modo que había formado una costra en la varilla del pistón y se había taponado más de dos tercios del pico de salida. Machete instaló la bomba manual al pie del tanque cisterna y nada más.

—Ahí tiene —me dijo—. Bombee —y buscó a Tamy con la mirada, que estaba llegando al auto y quitándose las sandalias para entrar—. Yo voy a cobrarme con su mujer.

Y se fue con ella.


Ah, porque no les dije que en cuanto acepté bombear para que no se llevaran a mi mujer al pueblo, el hijo de puta de Machete dijo que nos ayudaba pero bajo el mismo arreglo que don Roque. Tamy pegó un saltito y la boca se le agrandó de oreja a oreja, aunque tuvo la deferencia de decirles:

—No me parece justo, ¡es un abuso! Ustedes dos cogiéndome y el pobre cornudo bombeando —Era una manera extraña de defenderme, porque la sonrisa no la hacía parecer muy indignada, más bien burlona. 

Yo protesté. Por una vez apoyé a mi mujer para hacer frente común. Pero enseguida, casi al segundo, Tamy dijo:

—Aunque don Roque ya me cogió y se vació dos veces, mi amor. Un abuso más o un abuso menos no va a cambiar nada.

¡Maldita sea! Tamy siempre hacía la misma cuenta: una más, una menos... Al final se la terminaban garchando todos. Cuando llegáramos a casa tendríamos que hablar para corregir esto.


Cuando llegáramos a casa, no ahora. Porque ahora el turro de Machete la estaba metiendo en el auto, manoseándole el culazo a mi mujer, igual que horas antes había hecho don Roque.

—Papá, ¿el señor nuevo también va a hacer gritar a mamá...?

Botellita estaba a mi lado y miraba igual que yo cómo Machete y su madre se metían al auto.

—N-no sé mi amor, no creo —mentí, porque había visto el bulto del tal Machete y era descomunal. En realidad no el bulto, sino la verga larga y ancha que se le marcaba bajo la pierna del pantalón.

Don Roque había desaparecido, estaba meando al otro lado del camión. Yo le pedí a Botellita un destornillador, como para entretenerlo, y me lo trajo enseguida. Comencé a destapar el pico que conectaba a la manguera, y eso le resultó a mi hijo un juego de grandes y me pidió hacerlo él. Cedí mi lugar y aproveché para mirar furtivamente al auto, a unos siete metros. Tamy miraba hacia abajo con cara de sorpresa, seguramente maravillada por comprobar lo que se insinuaba dentro del pantalón de Machete.

Don Roque regresó de liberar su vejiga. Venía latigueando su verga de derecha a izquierda, sacudiéndolo. ¡Carajo!, tenía una víbora pitón entre las piernas. Con razón Tamy había querido ir al pueblo con él. Ya hablaríamos también de esto en casa. Botellita terminó de destapar el pico.

Fui al auto con el extremo de la manguera, para meterla en el tanque de nafta. La boca del tanque, ya saben, está pegado a los asientos traseros. Aproveché para hacer todo lento y así espiar —es decir, controlar— lo que tenía Machete entre las piernas y lo que le iba a hacer a mi mujer. Machete la tenía enorme, más imponente incluso que don Roque. Por suerte no tan monstruosa como la de Botellón, que mi mujer debía soportar cada verano, ensillada de verga mientras los otros la arengaban.

Tamy se había arrodillado y le ofrecía el culo y la concha a este nuevo hijo de puta, apoyándose e incluso sacando la cabeza por la ventanilla abierta para que el abusador estuviera más cómodo. Y el abusador estaba tan cómodo que, arrodillado detrás de ella, había apoyado el vergón sobre las nalgas de mi mujer, por la raya. Yo no estaba del lado de Tamy, sino del de Machete. Veía claramente esa manguera de carne, gruesa y pesada, apoyada sobre y entre las nalgas de mi mujer y llegar hasta cerca de la cintura. "No le va a entrar semejante pedazo", pensé, mientras veía cómo Machete soltaba la pija sobre la cola de Tamy para que sintiera y vibrara con ese peso muerto.

Metí la manguera en la boca del tanque, que de tan finita bailaba, y me asomé por la ventanilla.

—Señor Machete, no le va a meter todo eso, ¿verdad? —Tamy se rió— No quiero que la lastime.

—Mi amor, por ahí abajo salió Botellita, puede entrar lo que sea que disponga un buen macho.

A veces Tamy hablaba así. No durante el año, pero sí durante los veranos en la quinta de Lobos.

—No, bebé —dijo Machete, entre jocoso y amable, y comenzó a masajearle las nalgas—. Este pedazo te va entrar por la colita... quiero sentirte realmente estrecha.

Tamy rió, como si fuera un chiste. Yo me angustié. Aunque cada año se lo hacían Botellón, don José y el Indio, sabía que alguna vez me iba a tocar a mí y no quería que más machos me la siguieran ensanchando.

—No, Machete, ¡el culo no!

Machete ya se masajeaba la verga, como para endurecer y penetrar.

—Tranquilo, cuerno, que no le va a doler.

—¡No es eso!, ¡no quiero que me la estire!

Vi un titubeo en Machete, no de duda, sino porque no entendía lo que le estaba pidiendo. Bufó con impaciencia. Entonces Tamy giró su torso y metió la cabeza dentro del auto para hablarle:

—Decile que sí, así nos deja de hinchar.

—¡Tamy!

—Está bien, cuerno, no le voy a romper el culo.

—Me está mintiendo, me lo dice para que me vaya.

—No, cuerno, en serio, quedate tranquilo que a tu mujer le hago todo menos el culo.

No me resultaba muy confiable pero quería ir a llenar el tanque de nafta para terminar rápido y de una vez con esta pesadilla.

—Tamy, prometeme que no te vas a dejar estirar el culo.

—Sí, mi amor, lo que quieras, pero andate.

—¿Me lo promete usted también, Machete?

—¡Sí, cornudo, sí, andate de una puta vez que le quiero entrar verga a tu mujer…!

Los dejé, pero algo en mi interior me decía que tal vez debía tener alguna duda sobre el cumplimiento de esa promesa.

Cuando levanté la palanca pensé que la bomba se iba a deshacer en mis manos. Cayó pintura seca y óxido, y un pequeño resorte saltó y casi me da en un ojo. La palanca subió con tal dificultad que mis nudillos se hicieron blancos y mis cachetes rojos. Luego la bajé.

"Nnnnnnnnnniiiiak!", aulló la bomba. No fue un movimiento fluido, la palanca tartamudeó para bajar y se trabó un par de veces. Tuve que redoblar los esfuerzos hasta que finalmente lo logré.

—¡Muy bien, cuerno! —me alentó don Roque— Pero acuérdese que el bombeo debe ser continuo, sino le va a mandar nada más que aire al tanque.

Había levantado y bajado la palanca una sola vez y me había agitado y transpiraba como si hubiese subido las escaleras de mi edificio. Desde mi auto comenzaron a llegar los primeros jadeos de Tamy.

—Papá, ¿por qué el señor te dice cuerno?

Volví a levantar la palanca, el ruido a hierro desvencijándose iba a tapar los gemidos viciosos de su madre y Botellita no los escucharía.

—Es una manera amistosa de saludar, mi amor.

—Ah, como cuando vamos a Lobos.

Sí, a Lobos íbamos con Botellita. Y sí, inevitablemente había oído al casero y a los otros decirme cuerno o cornudo cada vez que me llamaban. Era prácticamente mi nombre de pila en las vacaciones.

Los gemidos de Tamy se estaban haciendo más fuetes. Desde mi posición veía la espalda y el culo de Machete moviendo pelvis hacia delante, más bien mandando verga hacia adentro de mi mujer.

—Dele, papanatas —me regañó don Roque, y me pegó un sopapo fuerte y seco en la nuca.

—¡Ay! —grité, y retomé el bombeo.

La segunda bajada fue tan dificultosa como la primera. La tercera fue un poquito mejor, y la cuarta también. Era un suplicio. Estaba dura y se seguía trabando. Botellita permanecía pegado a mí, pidiéndome para bombear él. Tuve que parar más de una vez pues estiraba una mano para ayudarme y solo me estorbaba. Para la décima bombeada la cosa iba un poco mejor, lo mismo que evidentemente en el auto, ya que los jadeos de mi mujer ahora eran gemidos, y comenzaron a sumarse los sonidos propios de Machete:

—Sí, putón, sí…

Aceleré el bombeo para que Botellita no escuchara, pero el esfuerzo me estaba matando. En un momento no pude más y me detuve. Y fue de terror. El silencio del desierto se hizo sólido, y lo único que lo perforaba eran los gemidos y súplicas de Tamy.

—Oh, por Dios, qué pedazo de pija… ¡¡Qué pedazo de pijaaa, hijo de putaaaahhhh…!!

Me sobresalté por mi hijo, aunque él estaba como si nada.

—Don Roque, prenda la radio por favor.

—No tengo, cuerno, y deje de mariconear y siga bombeando. 

Me miré las manos. Estaban rojas e hinchadas y se comenzaban a formar pequeñas yagas que en minutos se harían ampollas. Retomé el trabajo con los gemidos de mi mujer al fondo.

—Así, así... Ahhhhh… Así, Machete, así... Ahhhhh… Oh, por Dios... Así...

El quejido de la palanca oxidada no lograba disimular el horror que debía soportar Tamy.

—Don Roque, aunque sea vaya a decirle a mi mujer que no haga tanto ruido, por favor. 

El viejo me puso mala cara, no le gustaba que le dieran órdenes, pero miró a mi hijo y se tragó la puteada. Y fue.

Solo que se pasó al otro lado del auto, a la ventanilla por donde se asomaba mi esposa. Imaginé que le iba a decir algo, pero en cambio vi al viejo tomar una caja de herramientas, tirarla en el piso, subirse a ella y desabrocharse el pantalón. No veía muy claro porque me tapaba el propio auto, y porque el sudor de mi frente me caía a los ojos, pero por la posiciones parecía que se estaba haciendo chupar la pija por Tamy.

Al menos —la puta madre— los gemidos de ella ya no se oían.

Yo me seguía matando con la palanca mientras ahí a cinco metros Machete le seguía dando bomba a mi mujer. Y lo peor era que no sabía si le estaba mandando nafta a mi auto. La única buena noticia, mientras veía a don Roque levantar la cabeza al cielo como disfrutado de algo celestial, era que la palanca ya se había aflojado bastante.

—Papá, ¿qué le están haciendo los señores a mamá?

Esta vez la voz de mi hijo tenía cierta preocupación. Tuve que mentirle.

—Lo que te explicó ella, mi amor. Los está convenciendo para que nos cobren menos.

Botellita calló, aunque no dejaba de mirar hacía el auto, con su madre adentro. Por suerte desde ahí solo se veía el amontonamiento, nada más.

—Ah, pensé que le hacían lo mismo que don José y los tíos cuando vamos a Lobos.

Se me cortó el aire. En Lobos él nunca había visto cómo a su madre la llenaban de verga esos tres hijos de puta. Al menos, no mientras yo estaba en la casa. Tal vez debería comenzar a llevármelo cuando salía a hacer las compras.

De pronto escuché, más claro que el sol del desierto:

—Ay, no, Machete, por la cola no, el cornudo se va a enojar… 

Hubo risas. El comentario podía ser bienintencionado pero me pareció demasiado festivo, casi de burla. Como la palanca ya estaba floja y mi hijo seguía saltando al lado mío queriendo bombear, se lo dejé.

—Hijo, mirá que tenés que bombear bien y fuerte como hago siempre yo —entusiasmado, Botellita asintió con la cabeza—. Así cuando seas grande vas a ser igual que papá.

—Sííííííí… —exclamó feliz a la vez que yo le sacudía los cabellos. 

Me fui  de una corrida hasta el auto. De esta ventanilla, el culo de Machete bombeaba a mi mujer, que se hamacaba y hamacaba sin tregua. Del otro lado, efectivamente, don Roque se estaba haciendo mamar la verga por la boquita carnosa de mi angelito, que tenía medio cuerpo asomado fuera de la ventanilla. El viejo la tenía tomada de los cabellos y la acomodaba la cabeza a su entero placer.

—¡Se la callé, cuerno! 

No iba a entrar en una discusión inútil para ver quién la tenía más grande. Bueno, quizás no elegí la mejor metáfora para este caso, pero ustedes me entienden. Entré al auto por la puerta de adelante, y lo que vi me escandalizó: el pijón de Machete (porque no era una pija, era un vaso de trago largo revestido de piel) estaba ahora apoyado de punta sobre el ano de mi Tamy, presionando, aunque todavía no muy seriamente.

—¡Señor Machete, ¿qué está haciendo?!

A simple vista eso no podía entrar en el agujerito de mi mujer, pero ya había visto muchas veces entrar el terrible pedazo de Botellón, que era todavía más grueso.

—No le hago nada, cornudo. ¿No ves que no le hago nada?

Era cierto, solo le apoyaba la cabezota redonda y la masajeaba las nalgas mientras ella seguía chupando pija.

—Usted me lo prometió, señor Machete... —dije patéticamente sin poder quitar los ojos de ese glande que presionaba más y menos, de acuerdo a cómo se movía mi mujer para mamar— ¡Me dio su palabra!

—Tranquilo, cuerno... Lo último que quiero es faltarte al respeto.

Díganme egoísta, no me importa. No quería que ese tremendo pedazo de verga se metiera en el culito de mi Tamy porque no quería que me lo estirase. Todos los veranos me la agarraba Botellón —bueno, Botellón y los otros— y le llenaba el culo de verga durante quince días. Tamy regresaba a Buenos Aires completamente estirada, con una dilatación anal tan grosera que mi pijita literalmente bailaba, y Tamy no me sentía. Entonces ella me quitaba de encima antes de yo poder acabar (era imposible, si ni fricción lograba), y me prometía volver a intentarlo en cuanto recuperara su circunfencia original. Su nueva circunferencia original, porque desde que la abriera Botellón por primera vez, cuando éramos novios, su ano desgraciadamente jamás había vuelto a ser el mismo. El problema era que el cuerito de Tamy no se recuperaba tan fácilmente, demoraba más de medio año. Para cuando ya estaba “normalizado”, ella no tenía ganas, o le dolía la cabeza, o estaba ovulando. Al final, antes de volver a Lobos al verano siguiente, me dejaba hacerle la cola, más que nada para callarme un poco. ¡Y era la gloria! Ella en cambio ni transpiraba, pero yo deseaba tanto ese momento que acababa en cinco o seis movimientos. Ella se terminaba de revisar las uñas o de hacer un crucigrama y me quitaba de encima con un sacudón, como hacen las yeguas con las moscas. ¡Dios, lo que sería cogerse ese culo si no me lo estirara una vez al año Botellón!, o si yo la tuviese más grande, como don José, o el Indio... o ahora Machete.

Justamente Machete se escupió la palma de la mano y embadurnó la punta de la pija. La cola de Tamy seguía pegada a sus muslos, chocándolos al compás del cabeceo que le regalaba a don Roque.

—Señor Machete, ¿qué va a hacer...?

—Nada, cuerno, nada —dijo, y volvió a ensalivarse el glande.

Mi pregunta llamó la atención de mi mujer, que soltó la verga de don Roque y miró hacia atrás.

—Por la cola mejor no, que al cornudo no le gusta.

Lo dijo con una sonrisa que le llenaba el rostro de felicidad y deseo, y con una mirada tan perversa que —lo vi— hizo que la pija de Machete se pusiera aún más rígida.

—Tamy, esto no es lo que arreglamos…

—Ay, mi amor, no pasa nada. Al señor Machete no creo que le guste mi cola.

Machete amenazaba el culazo de Tamy llenándose las dos manos y con una cara de gula que me asustó.

—Señor Machete, usted me prometió...

—Tranquilo, cuerno, que no le voy a romper el culo a tu mujer. 

Pero el hijo de puta escupió sobre el orificio del culito de Tamy con la puntería de un basquetbolista de la NBA. Tamy se estremeció cuando la saliva se derramó dentro de su agujerito, y las nalgas se le pusieron de piel de gallina.

—Uy, putita, cómo estás... —bufó Machete, y se tomó el vergón y apoyó otra vez la cabeza en el orificio ya algo dilatado del culito. El brillo de la saliva unía todo en un pegote: ano y glande.

—Señor Machete, la conchita de mi mujer está un poco más abajo…

—Calmate, cuerno, ya te dije que no me la voy a coger por el culo.

Pero el muy hijo de puta empujó. Apenas, un poquito. Tamy se tensó y se plantó ahí, y como Machete siguió presionando, el glande forzó la resistencia y amagó meterse.

—Machete, se lo pido por favor, ¡me prometió que no me la iba a coger!

—¡No te la estoy cogiendo, cuerno! ¿Vos ves que le estoy metiendo algo?

Era cierto que el glande estaba afuera pero también que avanzó unos milímetros.

—¡Se la está metiendo, se la está metiendo!

—¿A dónde, cuerno? No te pongas histérico, solo la estoy puerteando.

La cola de mi Tamy seguía empujando hacia atrás y le había entrado media cabeza, o menos. Igual no me gustaba.

—¡Ahhhhh...! —gimoteó fuerte mi mujer, y mi vista no se dirigió hacia ella sino hacia la penetración.

—¡Machete, le metió toda la cabeza!

—Sí, cuerno, sí, ya te dije que solo te la iba a puertear. Pero quedate tranquilo que no te la cojo... te vamos a respetar como hasta ahora.

El glande ya estaba por completo adentro del culito de mi mujer, y Machete lo mantuvo ahí sin introducirlo más, respetándome. Parecía obsesionado con el culazo de Tamy, lo sostenía por las nalgas con sus manos, y lo amasaba y lo miraba con tal deseo que pensé que me la iba a recontra coger ahí mismo.

—Por favor, Machete, no me la coja... Así puerteándomela está bien...

Respetuosamente, el abusador no clavó; al contrario, retiró lo poco de verga que había enterrado y volvió a apoyar la punta en el orificio.

—¡Uhhhhh...! —suspiró Tamy.

Y el glande volvió a enterrarse.

—¡Señor Machete, por favor!

—Tranquilo, cornudón —Vi cómo toda la cabezota presionó en el agujerito e ingresó suave y lentamente, hasta perderse completa dentro del culito de mi mujer—. Solo te la estoy puerteando.

Machete me estaba respetando. Apretó las nalgas de Tamy, retiró otra vez la pija y volvió a clavarla solo hasta la cabeza. 

—Ahhhhhhhmmmmmmmm... —gimió Tamy.

Y otra vez.

El puerteo se hacía cada vez menos suave y menos lento, pero al menos no me la estaba cogiendo. O no sé, pero no le estaba estirando mucho el cuerito.

—¿Ves, cuerno, que no le hago nada? 

—Sí, señor Machete —dije tragando saliva, porque no lograba apartar la vista de ese glande brilloso entrando y saliendo del culo de mi mujer.

—Agradecele a Machete, mi amor —me invitó Tamy entre jadeos—. Agradecele… que te cumple y solo me está puerteando… Uhhh…

El pedido era absurdo, toda la situación lo era. Machete me la seguía bombeando hasta la cabeza y me miró esperando mi agradecimiento.

—G-gracias, Machete... —me encontré diciendo—. Gracias por sólo puertearse a mi mujer.

Eso pareció afectar de alguna manera a Tamy, que comenzó a gemir fuerte y jadeado.

—¡Qué pedazo de cornudo…! —me pareció oírla murmurar.

En ese momento Machete tenía los ojos cerrados y la cabeza en alto.

—¿Qué… decís, cuerno…?

—Que gracias por solamente puertearse a mi mujer, señor Machete.

—¡Más fuerte, mi amor, más fuerte que don Roque no te escucha!

—¡¡Gracias por puertearse a mi mujer, señor Machete!!

Machete estaba raro, como ido. Comenzó a juntar las nalgas de Tamy y a llevar imperceptiblemente su pelvis hacia adelante. En el agujerito entró la punta, entró la cabeza y entró el cuello de la verga.

—Ahhhhhhh —gimió Tamy. Y juro que me pareció escuchar el chasquido del cuello del glande atravesando el cuerito y perforando a mi mujer.

—M-Machete... ¿qué está haciendo?

—¡Qué buen orto, putón...! ¡Qué pedazo de orto...!

Ahora tenía los ojos abiertos y miraba el culazo regalado de mi amorcito, y cómo su propio glande perforaba. El problema era que ya había enterrado un centímetro más allá del glande.

—¡Machete, solo la cabeza!

—¡Sí, cuerno, sí, solo la cabeza! Solo la cabeza...

Y mandó verga, otra vez fuerte: entró cabeza, cuello y mucho más que un centímetro esta vez.

—¡Machete, le está metiendo más que la cabeza!

—No, cuerno, la cabeza y nada más.

—¡No se distraiga Machete, por el amor de Dios!

—Solo te la puerteo, cuerno...

Y volvió a clavar, y esta vez apoyé mi rostro a la cola de mi Tamy y a la penetración para certificar el puerteo, y vi claramente el pijón hinchado y violáceo penetrar el cuerito de mi mujer y entrar ya con poca resistencia unos cinco centímetros de ese tronco duro y brilloso.

—Ahhhhhh... —gritó Tamy

—¡Machete, no le entierre más verga, me la está empezando a coger!

—Cornudo, no seas fantasioso, ¡solo te la puerteo!

Y la muy irresponsable de Tamy:

—Sí, sí, sí, Machete, así....

Con el vergón de ese hijo de puta taladrando a mi amorcito a solo cinco centímetros de mis ojos pude tomar real dimensión del asunto. El miembro medía no menos de veintidós centímetros de largo y unos siete de ancho. Cada vez que se enterraba en el orificio estrecho de mi mujer, se le escondía un tercio de verga: eran como siete centímetros de profundidad, ya a esa altura más de lo que yo le metía en una de mis mejores noches.

—¡Machete, me la está cogiendo!

—No, cuerno no, vos confiá en mí...

Se quedó bombeando suavemente ahí, en un tercio de verga, sin profundizar más, decía que por respeto a mí. Si le enterraba eso, al menos no le metía mucho más de lo que yo podía entrarle por completo. Pero entonces observé el ancho: siete centímetros más o menos. El cuerito de mi mujer se ensanchaba con cada penetración y le apretaba la verga regalándole al invasor un placer tal que lo hacía gemir. ¡El hijo de puta le estaba metiendo de ancho lo que yo le metía de largo!

En ese momento Machete sacó toda la verga, escupió mucha saliva en el orificio de Tamy y volvió a perforar con ganas. La punta entró rápido, la violencia del empujón hizo que el glande pasara como si nada. La verga avanzó ante mis ojos seis, siete, ocho centímetros…

—¡Machete, le está rompiendo el culo!

—¡No, cuerno, te la estoy puerteando, nada más!

…nueve, diez, once, doce centímetros.

—Tamy, ¡decí algo!

—¡¡¡Ahhhhhhh qué pedazo de pijaaaahhhh…!!

Media verga completa, y por suerte ahí se quedó.

—Machete, me dijo que no se la iba a coger. Que solamente la puntita.

Machete retiró lentamente la media verga —del tamaño de un matambrito chico— hasta que solo la cabeza le quedó adentro.

—Y le metí nada más que la puntita, mirá.

Y sin esperar mi respuesta tiró la pelvis para adelante y la verga otra vez a enterrarse.

—¡¡Ahhhhhhhhhhhhh…!!

—Tamy, ¡no disfrutes!

El primer cuarto de pija entró rápido, y el segundo un poco más lento, pero en segundos mi mujer tenía media pija bien adentro del culo.

Machete la tomó de la cintura y se acomodó las piernas, parecía que se apoyaba buscando mejor empuje.

—¡Basta, no me la estire más!

—No, cuerno, no… Tranquilo…

Retiró toda la verga. La vi completa y brillosa y a su dueño tomando por la cintura a mi Tamy.

—¡Me dio su palabra!

—Sólo la puntita, cuerno —y clavó—. Solo la pun… Ohhhh… la punti… taaaaahhh…

Y mi esposa:

—¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…!!! ¡Sííííííííííííííííí…!!

El vergón atravesó el culazo de mi mujer y se enterró rápido y sin misericordia hasta los huevos. Toda bien bien adentro.

—Machete, ¡me la está cogiendo!

—No, cuerno, solo te la puerteo.

¡Qué puerteo! Tenía el matambrito de verga todo enterrado en el agujerito de mi Tamy. Veintidós centímetros o más, adentro de ella, erizándole la piel y haciéndola tiritar levemente. Los muslos de Machete chocaban con la cola de mi mujer y encima el hijo de puta empujaba para clavar más.

—¡Me la está cogiendo, hijo de puta, me la está cogiendo!

—Es solo la cabecita y un poquito más —dijo sacando toda la verga para clavarla de nuevo, mientras amasaba las nalgas redondas y perfectas de mi angelito.

—Ahhhhh… ¡por Dios, Machete! ¡Qué pedazo de pija! ¡No pares! ¡No pares!

Tamy gritó tan fuerte que temí que le escuchara Botellita. Machete fue más discreto.

—¿Te gusta el puerteo, pedazo de puta?

Le estaba mandando verga hasta la base en estocadas violentas y furiosas.

—¡Machete, no me la coja más, por favor!

—No te la estoy cogiendo, cuerno... solo te la estoy apoyando.

No era solamente que le metía bomba al culo de mi mujer como si fuera un presidiario. Era la desconsideración, la mentira.

—¡Machete, por favor, me la va a estirar! 

Vi que la muy turra de Tamy no solo paraba el culito para que la pija le entrara más limpia, sino que además empujaba hacia atrás para que la perforara más hondo. Ya prácticamente no le chupaba la verga a don Roque, tenía los ojos cerrados y más que usaba el tronco del viejo para agarrarse de algo mientras gozaba como una puta.

—¡Así, Machete, rompeme el culo, rompeme el culo con ese pedazo de pijaaaahhhh!

—No te rompe nada —dije, no sé por qué—, sólo te puertea…

La verga seguía entrando hasta los huevos.

—Sí, imbécil, sí —me dijo Machete, que me miró sin dejar de tomar a mi mujer de la cintura y bombearle el orto—. ¡Te la estoy puerteando hasta los huevos, pedazo de cornudo!!

Se la siguió cogiendo delante de mis narices como por veinte minutos más. Tamy gritó como una yegua desaforada dos veces, aunque me juró que no fueron orgasmos. Botellita se vino corriendo con el último de esos gritos, y tuve que salir a atajarlo para regresarlo al camioncito.

Y menos mal porque en ese momento escuché el rugido del macho:

—¡Te lleno, putón! ¡Te lleno el culo de leche!

Fui corriendo desesperado, justo para llegar a ver a Machete agarrando de las nalgas de mi mujer, poseído por un demonio y bombeando enajenado, con violencia, con furia animal. El pijón entraba y salía del culito y casi ni se veía por la velocidad. Entraba tan fuerte y Tamy gritaba tanto que pensé que podía estar lastimándola.

—Agarrá, cuerno, agarrá que te la lleno —Fui a tomar a mi mujer de una nalga—. ¡La pija, pelotudo! ¡Agarrame la base del tronco y apretá fuerte!

Seguía bombeando y bufando, y como yo me quedé quieto, Tamy giró y me gritó hecha una furia:

—Hacé lo que te dice el macho, pedazo de cornudo, o te juro que no me tocás nunca más en tu vida.

Pensé en las muchas pajas que ella me dejaba hacer tocándole las piernas y la cola, y fue automático. Llevé una mano al tronco de la pija de Machete, a la base, y lo rodeé con toda la palma y los dedos. No fue fácil, Machete se movía como una bomba a motor.

—¡Apretá, cuerno! ¡Apretá que ya me viene y te la lleno de leche!

Apreté. Sentí la pija caliente, muy caliente, y húmeda, y el culo de mi propia esposa chocando contra el canto arrollado de mi mano. De pronto sentí con una claridad increíble cómo la verga del macho se puso durísima, como si fuera de hierro, y en una fracción se segundo noté el latigazo en la mano, el latigazo que recorrió el dorso de la pija.

—¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhh…!! —comenzó a gritar Machete, que se aferró a las nalgas de mi mujer y dejó de pronto de bombear, para llevar ese culazo con todo hacia él—. ¡Tomá, putaaaaaaaahhhh…!

Sentí otro latigazo sobre mi mano, en la base de la pija que aferraba. La leche estaba pasando por el tronco y entre mis manos, directo adentro de mi mujer.

—¡Apretá fuerte, cuerno, sentí cómo le lleno el culo de leche a tu mujer!!

Apreté y lo sentí. Y Tamy, que sentía mi mano y mi humillación, también empezó a acabar como pocas veces antes.

—¡¡No podés ser tan cornudooooaaaaaahhh…!!

—Apretá, cuerno, no dejes de apretar —me ordenaba Machete, pero no hacía falta, yo estaba tan fascinado por el momento que no solo le apretaba la base de la pija sino que, sin darme cuenta, un poco la agitaba adelante y atrás.

Y Tamy, cada vez más caliente:

—¡Te voy a hacer otro hijo, pelotudo!! ¡¡¡Te voy a hacer un hijo por verano, cornudo de mierda!!! ¡¡Aaaaahhhh…!!

Los lechazos en mi mano se fueron aflojando de a poco y se hicieron más distanciados, pero yo no dejaba de apretar como me habían ordenado, ni de mover un poco adelante y atrás.

—Muy bien, cuerno, así… —me alentaba Machete—. Ordeñá al macho… Escurrile para tu mujer toda la leche adentro del culo… así… 

Para cuando se fue desinflando, cuando las pulsaciones regresaron a algo parecido a lo normal, ya Machete y mi mujer respiraban cansados y apenas si quedaba una sombra de su agitación previa. Me encontré de pronto tomando el vergón del macho con toda mi mano, desde la base, y sin saber por qué con la otra mano sobando todo el tronco y parte del glande.

—¡Soltá la pija, puto de mierda! —saltó Machete, enojado, y me golpeó fuerte la mano para que lo suelte.

Cuando iba a regresar a la camioneta a acompañar a mi Botellita, don Roque dijo que ahora le tocaba a él. Fui a quejarme, no tanto porque me la fuera a coger de nuevo, sino porque me la iban a seguir estirando.

—Mi amor —le rogué a Tamy, que seguía con el culo en punta, ahora chorreado de leche, y su tanguita por las rodillas—. Si te siguen estirando no me vas a sentir cuando me toque a mí —Don Roque se había acomodado detrás de mi mujer, como un rato antes había hecho Machete. Le iba a romper el culo él también—. Justo este verano que no íbamos a Lobos...

Don Roque se embadurnó la verga con su saliva y masajeó el cuerito de mi Tamy.

—Mirá, cuerno, cómo le sale leche del agujerito a tu mujer…

No le di el gusto de entrar en su juego. Aunque el hilo blanco que bajaba por los muslos de mi esposa era real y copioso.

—¿Qué tiene que no vayamos a Lobos? —preguntó Tamy.

Vi al viejo mover el culo ya usado hacía él y separar las nalgas.

—Que por una vez no te iba a estirar Botellón y yo iba a poder...

—¿Sos tonto, amor? Botellón, don José y el Indio nos esperan en Las Carmelas.

Casi se me caen los testículos de la sorpresa. Las Carmelas era el complejo al que estábamos yendo de vacaciones.

—¿Qué...!? ¿Cómo…!? ¿Qué…!?

—¿Para qué te creés que fui ese fin de semana a Lobos el mes pasado? Para arreglar bien con ellos…

Y para hacerse coger.

—Pero... pensé que este verano... pensé que por fin me iba a tocar a mí y…

—Ay, mi amor, yo te amo con todo mi corazón, y sos más que un padre para Botellita, pero al menos quince días al año necesito de... Bueno, vos sabés el esfuerzo que es para mí portarme bien todo el año y arreglarme con lo tuyo...

Desde aquella primera vez en Lobos habíamos quedado, sin decirlo nunca expresamente, en que iríamos todos los veranos a la quinta, y de esa manera Tamy no buscaría nada durante el año. Después de lo visto y vivido en la casa-quinta me pareció que iba a ser la única manera de que ella no me hiciera cornudo durante el año.

De pronto don Roque giró y me dijo:

—Andá a seguir bombeando nafta, cuerno. Que esto no te va a gustar.

Me señaló con la cabeza lo que estaba sucediendo en ese asiento. Machete se había ubicado debajo de Tamy, y la muy puta estaba elevando la pelvis y enganchando la verga en la cocha. Gimió corto, se reacomodó, y Machete se la ensartó hasta la base. Don Roque le separó un poco más las nalgas y buscó el agujerito del culo. Estaba un poco estirado por la cogida reciente y otro poco porque el vergón de Machete le llenaba la concha y estiraba el esfínter.

—Don Roque, no.... —rogué—. ¡Los dos juntos, no...!

El viejo sonrió y masajeó las nalgas de mi mujer —Tamy estaba besando a Machete, que había decidido no mover su verga dentro de mi esposa a la espera de lo que hiciese su compañero. 

Tamy tiró:

—Don Roque, digalé que solo me va a apoyar la puntita.

Mi boca se quebró en una mueca de angustia cuando logré mirar al viejo a los ojos.

—Por favor, don Roque… usted ya me la cogió...

—Ya escuchaste a tu mujer, cornudo. Solo le voy a apoyar la puntita.

Se tomó el vergón con toda la mano y acercó la cabeza al cuerito de mi Tamy. 

—No, don Roque... usted dice eso pero me la va a coger… Yo sé que me la va a coger…

—No, cuerno, no. Yo no soy como Machete, yo tengo palabra.

Y apoyó el glande en el agujerito indefenso de mi mujer. Lo apoyó y presionó de tal modo que el cuerito apenas se abrió y la cabezota se sostuvo ahí sin que el viejo se agarrara la pija.

—No me la coja, don Roque... Me la va a estirar peor...

—Tranquilo, cuerno. Solo te la voy a puertear… —El viejo hijo de puta presionó y el glande brilloso y estirado del vergón avanzó con lentitud pero con firmeza. Vi claramente cómo el agujerito de mi esposa hizo algo de resistencia, se abrió como con esfuerzo y comenzó a tragar la cabeza de la pija. La primera mitad de la cabeza entró como si nada—. ¿Ves?, solamente la puntita —Y empujó y el resto del glande entró y de pronto la cabeza entera de su asqueroso vergón entró en el culito de mi mujer.

—¡¡Ahhhhhh…!! —gimió mi angelito.

—Don Roque, se lo suplico, ¡¡por el culo no!!

—No, cuerno, no... La puntita… solo la puntita, como Machete.

—¡Pero Machete me la cogió toda!

Don Roque siguió empujando y la verga avanzó con dificultad y se enterró más. El cuerito seguía tragando pija. Uno, dos, tres centímetros. Cinco centímetros. Diez. Media pija. Tamy exhaló un gemido de satisfacción como los que acostumbraba soltar en Lobos.

Media pija… tres cuartos. Y seguía entrando. Yo me agarraba la cabeza a escasos cinco centímetros de la cola de mi mujer, mirando la penetración con ojos saltones y secándome con un puño el sudor de mi desesperación

—¡Los dos juntos no, don Roque!

La barra de Machete esperaba quieta y dura, calzada hasta la base. No hacía nada, pero podía ver con claridad cómo latía mientras el viejo hacía esfuerzo para invadir el culito de Tamy, que resistía con poca dignidad. Creo que hubiese preferido que entrara de golpe, porque ver cómo las venas hinchadas de la verga de ese hijo de puta iban entrando milímetro a milímetro en el agujerito de mi mujer era una tortura. La pija estaba tensa e hinchada del esfuerzo; a veces se detenía, Tamy resoplaba, aflojaba el esfínter y la verga del viejo avanzaba un centímetro más. 

—Solo te lo apoyo un poquito para saber cómo se siente…

Miré a Tamy para ver si le iba a decir algo. Estaba con los ojos cerrados, muy concentrada en el intento de que le entren los dos vergones, el que tenía clavado hasta la base y el que ella iba tragando poco a poco con cada suspiro para aflojar el esfínter.

Don Roque tomó con fuerza las nalgas de mi esposa y empujó con más firmeza. Otro buen tramo de carne entró despacito pero sin arrepentimientos.

—¡Le está enterrado casi tres cuarto de pija, viejo hijo de puta!

Don Roque giró hacia mí y se me rió en la cara. Sin dejar de mirarme volvió a empujar. Escuché el jadeo de Tamy, como ida por una droga viscosa.

—¡Ahhhhhhhh… Dios… me están rellenando como a un pavo en navidad…!

Con el gemido de mi mujer de fondo, vi cómo toda la verga —completa— se mandó adentro del culo de mi mujer, que la devoró con un ansia emputecida. La verga terminó de entrar completa, haciendo tope en los huevos.

—¡¡Ahhhhhhhh… por favor…!! —rogó Tamy con las dos pijas enterradas hasta la base—. ¡No puedo tener tanta verga adentro! Ahhhhhhhhh…

Machete comenzó a retirarla más o menos lentamente y don Roque se quedó quieto. Igual se agarraba al culo de mi mujer como si fuera a caerse.

—¿Ves, cornudo? —dijo don Roque y me señaló su propia penetración, su verga enterrada por completo dentro del culito inocente de mi novia—. Solo la puntita...

Cuando Machete la sacó y llegó hasta cerca del glande, dejó de retirarla y comenzó a enterrar otra vez. El viejo, en cambio, comenzó a salirse.

—Don Roque, me la va a bomebar…

Tamy giró y me increpó.

—Ay, mi amor, si te dicen que me están puenteando, me están puerteando... Dejá de sobredimensionar todo —Pero enseguida agregó en un murmullo—: ¡Ay, qué llena de verga me siento…!

Pero la pija del viejo, antes de salir, volvió a penetrar el culazo, mientras Machete la retiraba sólo hasta el cuello de la cabecita. En segundos los dos agujeros eran recorridos por los vergones venosos de esos malditos, en un movimiento perfectamente sincronizado, como las válvulas de un motor, uno entrando y otro saliendo.

—¡Pero es que te están cogiendo, Tamy!

Su respuesta no fue muy entendible.

—Ahhhhhhhh... Ahhhhhh... Naadaaaa que... Ohhhh… Ahhhh... Gggaaahhhhhfff… Nigghhhisss… uffff… ¡Nooohhh, cornudoooohhh…!

Me la estaban cogiendo los dos a la vez, como hacían cada verano en Lobos don José y Botellón, o el Indio. Pero se suponía que éste iba a ser “mi” verano. Don Roque bufaba como un toro de rodeo, muy concentrado en la penetración con la que sometía analmente a mi esposa.

—Don Roque, ya no me la estire más… No sea así…

—Callate, cuerno... Ufff... Ohhh... Andá a ayudar a tu hijo con la bomba.

Me la siguieron cogiendo como si fuera un pedazo de carne usable, algo que no parecía ofender a Tamy, que gemía muy fuerte y sin parar. Me fui  con Botellita a bombear.

No quiero cansarlos con más detalles. De seguro les resultó tan desagradable como a mí leer de esos dos cretinos abusando de mi mujer sin que tuviera casi posibilidades de resistirse. Es cierto, me hubiese gustado que tal vez no gritara tanto alguno de sus orgasmos: los que tuvo con cada uno de ellos a solas, y sobre todo ese encadenamiento interminable que le vino cuando me fui con Botellita y me la serrucharon juntos, lo que hizo que por suerte esa pesadilla terminara.

Así que ya cuando el sol comenzaba a doblegarse, los dos ladinos salieron del auto y se encaminaron hacia sus camionetas, a paso lento y despreocupado, uno abrochándose los pantalones y el otro oliéndose las manos y sonriendo como si algo le hiciera gracia. Vi la oportunidad. Mi mujer estaba tirada en el asiento trasero y los machos lejos y satisfechos. Le dije a Botellita que me espere que iba a hablar con mami, y con ella fui.

—Mi amor, mi amor… ¿estás bien?

—Sí, cuerno, mejor que nunca…

—Escuchame, mi vida, ellos ya hicieron lo suyo…

—Sí que lo hicieron…

—Me refiero a que ya tenemos el tanque lleno.

—Sí, no lo dudes…

—¡Hablo de la nafta!

—Ah, sí, claro, vámonos de una vez que don José y Botellón deben estar preguntándose por qué todavía no llegamos.

—No, amor, no, te lo decía porque tenemos unos minutos para nosotros…

—¿Para qué?

—¿Cómo para qué? Para hacer… ya sabés… “eso”. Me lo prometiste justo antes de que llegue Machete.

—Te prometí una pajita, cielo… no seas pesado…

—Tamy, te estuvieron cogiendo esos dos hijos de puta toda la tarde, no es justo que…

—Es que no te voy a sentir… mirá cómo me estiraron.

Giró y me mostró la cola. Apenas abrió las nalgas, apenas en serio, y pude ver horrorizado el ano por completo abierto, ya no dilatado, detonado como una mina terrestre de la Primera Guerra. No iba a haber roce para mi pijita.

—No me importa. Esos dos turros te hicieron de todo, y en cuanto lleguemos a Las Carmelas seguro te vas a internar con don José y Botellón por quince días mientras yo corro detrás de nuestro hijo.

—¡Sos una porquería, hablás como si fuera una mala madre que lo único que pienso en la pija de tipos más hombres que vos!

Me sentí un poco culpable, pero no iba a aflojar ahora. Se me venían quince días donde no me iban a dejar tocarla siquiera para mis pajas.

—Me lo prometiste.

—Está bien —cedió por fin mi mujer—. Siempre termino haciendo lo que vos querés… Pero que Botellita no nos vea. Deciles a esos caballeros que lo entretengan un rato —asentí con la cabeza y salí disparado para encararlos. Tamy me agregó, ya medio gritando—. ¡Deciles cinco minutos, con eso te sobra!

De camino hacia las camionetas tomé a Botellita de la mano y lo llevé hasta ellos. Machete estaba terminando de recoger su manguera.

—Muchachos —les dije en tono cómplice—. Necesito que me cuiden unos minutos al nene… —y les guiñé un ojo—. Es mi turno con el putón.

Don Roque escupió al suelo, junto a mis zapatos.

—Tenga más respeto por su mujer, porteñito. Es la madre de su hijo.

Me sentí mal —aunque bruto y mal tipo, tenía razón— y agaché un poco mi cabeza. Pero la calentura era prioridad.

—Es solo un ratito…

—No hay problemas, pero todavía no nos pagó.

—¿Qué…? Ustedes ya se cobraron… Quedamos en que a mi esposa se la co… —miré a Botellita, a mi lado, con sus ojos en mí— que se la cotejaban y con eso ya estaba.

—Que se la cogían, papi —me corrigió mi hijo.

—Eso era por venir hasta acá y las horas de trabajo. A mí la nafta no me la regalan, me debe un tanque, y son dos mil pesos.

—Y agregue mil más por hacerle de niñera. Nosotros no estamos para vigilar mocosos.

Iba a comenzar una discusión y me callé, tragándome el orgullo. Si algo había aprendido desde que íbamos a la quinta de Lobos, era a aprovechar las pocas oportunidades que la vida me daba. Saqué la billetera y la plata: 2.500 pesos.

—No tengo más.

Don Roque zarpó los billetes con un manotazo.

—Nos debe quinientos. A la vuelta de su viaje pase por el pueblo y nos lo paga. Tenga decencia.

Salí corriendo hacia el auto. 

—¿Se la va a coger? —le preguntó Machete a don Roque.

—Mamá no lo va a dejar —dijo Botellita—. Nunca lo deja.

En el auto, Tamy me esperaba sentada a lo largo del asiento, con las piernas abiertas. Evidentemente estaba tan ansiosa como yo por hacerme el amor.

—Mi vida, ya arreglé todo —y comencé a desabrocharme el pantalón—. ¡Hoy por fin te hago mía y de nadie más!

—Primero limpiame, cuerno.

—¡No me digas cuerno!

—Ay, perdoname, tenés razón, es que se me pega… Buenp igual limpiame, no me vas a hacer el amor sobre las asquerosidades que me hicieron. Me hacés sentir sucia…

No sabía si me hablaba en serio o me estaba tomando el pelo, no me importaba. La iba a limpiar lo más rápido posible para cogérmela también lo más rápido posible. Me zambullí en su entrepierna y le comí la conchita recién cogida. Estaba caliente de tanta fricción, y la leche que le habían volcado seguía tibia, viscosa, horrible. Aguanté las náuseas, ya estaba acostumbrado a la leche de don José, Botellón y el Indio, que ya no me asqueaba, pero esto era distinto, era leche nueva.

—Sí… sí… chupá, cornudo… Chupá todo… sí… —La hija de puta disfrutaba de mi limpieza, cosa que siempre sucedía. Me tomó de los cabellos y empezó a refregarme la cara por toda su concha y aledaños. Yo no dejaba de chupar y tragar la leche de los otros dos, era asqueroso pero necesario—. Así… Así, cuerno, así… uhhh…

—Ya está mi amor, ahora te voy a co…

—La colita, cornudo, dejamela bien limpita que me echaron dos leches ahí… —Giró y paró el culazo que tanto amaba y me calentaba. Verlo frente a mis ojos, mal entangado y con el agujerito latiendo de calentura por mí, me la hizo re parar. Me tiré como un clavadista y comencé a chupar con gula—. Ahhhhhhhhhhhhh cuernoooo… 

De pronto se escuchó el arranque de los motores de las dos camionetas. Me salí de mi esposa y me asomé.

—¡Se están yendo!

—Seguí limpiando, mi amor, ¡no pares!

—Pero es que…

Tamy giró hacia mí, enajenada.

—¡Seguí limpiando o me voy a vivir a Lobos, cornudo!

Obedecí como un idiota y otra vez a chupar y tragar todo el semen que le habían derramado. A veces bajaba a la conchita, lo que hacía delirar a mi mujer.

—Sí… Sí… No pares... Mirá cómo aprendiste, cuerno… No pares, por favor… Ahhhh… Ahí… sí… Uhhh… así… así… Oh, por Dios qué pedazo de cornudo sos, mi cielo… Ahhhhhhhhhh… Síííí… Tragate todo… Ahhhhhhh… Tragate todo, cornudooooaaaahhhhhh…

Acabó mordiendo una parte del asiento de cuero mientras yo le introducía mi lengua lo más hondo posible en su ano abierto como un frasco. Le habrá tomado un minuto, quizá menos. Fue lo que les tomó a las camionetas poner primera y alejarse por el camino rumbo al pueblito.

—Se fueron —le dije a Tamy.

Y ella, aun suspirando:

—Sí, y siempre adentro, como corresponde a un macho.

—No, tonta, se fueron de acá, no se despidieron…

—Y a quién le importa, mi amor… Me dieron sus teléfonos…

Mi preocupación era otra, porque si los dos malandras no estaban, Botellita iba a venir con nosotros. Me desesperé como un crío, saqué rápido mi pija y me abalancé sobre mi esposa. 

—¡Dale, abrite que te clavo, apurate!

—Ay, pará, no seas bruto, disfrutá el momento…

La tenía con su culo para mí, hermoso y perfecto, regalado. Acerqué lo que pude mi pijita y le apunté al orificio.

—Dale, Tamy, que no quiero que venga Botellita.

—¿Cómo que no querés que venga Botellita? ¡Despreciás la presencia de tu propio hijo?

—No, mi amor, no digas pavadas, después te explico… Abrite… No, mejor no lo abras más! ¡Ahí va, mirá cómo estoy…!

Le apoyé la cabeza en el agujerito. Estaba tan dilatada que mi glande entraba y sobraban unos milímetros. Me iba a costar encontrar fricción, pero qué carajos, por fin me la iba a coger por el culo, eso que tanto hacían don José, el Indio, Botellón, y ahora don Roque y Machete, y a mí nunca se me daba.

—¡A veces pareciera que no sos el padre de nuestro hijo!

—Dale, Tamy, antes de que venga y no podamos…

Con la pija apoyada en el agujerito de mi esposa, decidí tomar impulso y clavarla hasta el fondo de un saque. Fui unos centímetros hacia atrás para comenzar a ir hacia adelante con fuerza, cuando…

—Se fueron los señores —irrumpió Botellita desde la ventana.

La pija se me achicó hasta hacerse microscópica, y Tamy tiró la cola hacia abajo para ocultarse de nuestro hijo. 

—No entres —dije yo, o dijo ella, no sé.

Tamy se sentó de un sobresalto y se puso la minifalda a los apurones, yo me subí el pantalón como pude.

—Sacalo de acá, no quiero que me vea sin ropa —me murmuró.

Pero Botellita entró al auto por la puerta del conductor y se sentó al volante, haciendo ruido de auto y moviendo el volante.

—Mi amor… —le imploré a mi mujer en un susurro, aprovechando que nuestro hijo estaba en otra—. Todavía podemos…

—No seas enfermo, ¿querés? Está tu hijo ahí, qué se va a pensar, que su madre es una puta…

—Pero mi amor, te cogieron todos, y yo…

—Cuando lleguemos a Las Carmelas vas a poder terminar esto que ni empezaste…

—No, Tamy, ya sé cómo son siempre nuestras vacaciones… Cuando lleguemos allá y nos encontremos con esos tres vividores no vas a salir del cuarto por quince días…

—No seas exagerado, sabés que eso no va a pasar…

Claro que iba a pasar. Me iba a decir que me quedara con Botellita para tener más tiempo de calidad, lo que era cierto, pero también era cierto que ella usaba ese mismo lapso para tener, también, tiempo de calidad en otros asuntos. Apenas nos adecentamos un poco, pasé a nuestro hijo atrás y me puse al volante, junto a mi mujer. Y por fin nos pusimos en marcha por la ruta. 

El clima en el auto era tenso, supongo que para cortar el momento incómodo, Tamy dijo:

—¿Al final les quedamos debiendo quinientos pesos, no?

Obviamente sabía por dónde venía.

—No vamos a volver a ver a estos tipos —dije furioso, recordando que a ella le habían dado sus teléfonos.

—Pero mi amor, a la vuelta vamos a pasar otra vez por acá… y estos señores fueron tan amables...

—No los vamos a llamar ni a pasar para pagarles, ya tuvimos suficiente con lo de hoy. Y encima cuando lleguemos a Las Carmelas nos esperan don José y Botellón.

—¡Tío Botellón! —festejó Botellita, que cada vez que lo veía recibía un regalo importante de su parte.

—A mí me parece muy descortés pasar por acá dentro de quince días y no acercarse ni siquiera por el taller mecánico a saludar.

—Nada de taller. ¡Ningún taller! Dijeron que en el taller trabajaban tres vagos más como ellos.

—Bueno, cuando lleguemos a Las Carmelas le preguntamos a don José.

—No, no tenemos nada que preguntarle a ese viejo.

—Don José nos va a decir lo que nos conviene hacer. Si él dice que pasemos, pasamos.

—No, mi amor, no... No le preguntes a don José.

—Él va a saber lo que es bueno para nosotros.

—Mi amor, no le contemos nada, por favor...

—Le voy a contar, claro, y si dice que a la vuelta visitemos el taller de estos señores que nos ayudaron tan amablemente y que les paguemos, ¿qué vas a hacer, lo vas a desobedecer?

Iba a gritar de rabia, a decirle que era una cualquiera, que don José era un hijo de puta… Pero Botellita estaba atrás muy pendiente de nuestra conversación, y por otro lado tenía miedo que Tamy le dijera a don José que lo hubiera insultado. Me tragué la bronca, quedamos en silencio. De reojo miré a mi esposa, sus piernas largas y perfectas cortadas arriba por la minifalda tejida color salmón, ahora sucia, llena de polvo. Y de polvos, porque la leche seca como plasticola se veía claramente con la luz del atardecer. Olía a sexo la muy puta, a la leche que se le había secado en la pollera y a la que todavía permanecería tibiecita en sus intestinos. ¡Qué maldición amar a esta mujer!

—¿Mamá, por qué gritabas con estos señores igual cuando estás con don José y los tíos?

—Ay, mi amor, ya lo vas a averiguar cuando seas grande y te pongas de novio.

—Sí, ¡lo voy a desobedecer! —me desperté de repente, rebelde, de mis propios pensamientos.

Tamy no dijo nada pero me pareció ver una media sonrisa en la comisura de su boca. Ella sabía que lo que dijeran don José, Botellón o el Indio, era mucho más importante que lo que yo pudiera protestar. Ella sabía, igual que sabía yo, que en esta familia a don José no se lo desobedecía.


— FIN — 


Quiero agradecer muy especialmente al lector MIKEL por el tipeo, pues éste ha sido un cuento de los largos y el tipo no arrugó. Gracias, amigo!


Autor: Rebelde Buey

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