Cinco Condados 1, extracto:
  
  • Doscientos a que el Astillero acaba con una pierna rota. 
  • Quintuplicas lo que apuestas si además aciertas jugador y si la pierna es la derecha o la izquierda. 
  • Uh… Greg, derecha. 

Donjon paseaba con la mirada perdida, estupefacto. Había estado investigando por las laberínticas entrañas del estadio, en busca de la zona de descanso para el árbitro. El problema es que el tamaño del edificio era tal que encontrarlo sin ayuda de un mapa era difícil de por sí, y los propietarios del estadio Oldfield ocultaron el acceso a la zona arbitral en todos los mapas, puesto que apalear árbitros era la segunda afición preferida del público de la Pelota Carmesí. 

Tenía prisa, además. De poco serviría descubrir dónde estaba el árbitro durante el intermedio si iba a llegar cuando éste ya había vuelto al campo con el balón. 

En una de sus incursiones por los pasillos, Donjon se topó con la sala de apuestas en directo. Había oído hablar de ella, pero verla era otra cosa. 

En los partidos más relevantes se abría una sala-bar con un cuadro para seguir el partido y una cabina para hacer las apuestas más surrealistas que uno pudiera imaginar. Dichas apuestas rara vez cubrían algo tan simple y ramplón como quién ganaría el enfrentamiento; en vez de eso, preguntaba a los apostantes cosas como que quién recibiría la primera falta, cuándo sucedería, qué parte del cuerpo se rompería primero, si el público llegaría al punto de lanzar armas hacia los jugadores para que puedan usarlas en el partido -el reglamento sólo prohíbe que los jugadores entren armados-, qué equipo cometería más faltas… 

La clase de clientela que atraía… Donjon tenía cierta adoración romántica por las clases bajas y marginadas, pero aquella gente provenía del subsuelo, como mínimo. Amantes del dinero fácil, adictos a la montaña rusa que proporciona el dinero cuántico, que permanece multiplicado y perdido hasta que se resuelve la puesta, gente sin escrúpulos que además aparenta no tener escrúpulos, desgraciados con el cuerpo tan abusado por el tiempo, el alcohol o las drogas que parecían un reflejo distorsionado de un humano corriente… 

Gente tan absoluta y miserablemente triste, tan vacía de sentido y cariño, que apostar por las desgracias ajenas era lo único que les otorgaba un poco de vitalidad a sus vidas sepultadas. 

  • ¿Apostáis a quién es el primero al que le rompen una pierna? -preguntó Donjon en voz alta, horrorizado. 
  • ¿Tienes algún problema, maricón? -le dijo un hombre que podría pasar por goblin, de tan encogido y arrugado que era. 
  • Oh, entiendo. Tengo un mínimo de decencia, ergo me gusta comer pollas -replicó.
  • Y además listillo. Ya olía yo tu mariconidad -contestó el goblin, con un tono fermentado en bilis.

Donjon se quedó sin palabras. No sabía si estaba molesto o sorprendido de haber descendido a esos infiernos dialécticos… No sabía qué hacer. 

  • Mira, me lo tomaré con calma. Es evidente que tu cáncer anal está en estado muy avanzado, es posible que estés sufriendo mucho.
  • ¿De qué hablas, muyayo? ¡Yo estoy más sano que un toro!
  • O sea que eso es tu cara, hmmm. Vaya, lo siento. 

El rostro del hombre exhibió desconcierto. No lo había pillado. Era la oportunidad perfecta para dejarlo correr y marcharse. 

Hizo lo opuesto. 

  • Te estoy diciendo que tu cara parece un culo. Con cáncer. 

El goblin se echó a reír. 

  • Oh, al señorito no le gusta mi cara, claro, claro. Porque él se amorra a rabos con caras guapas y perfumadas. ¡Maricón! -repitió, por si no había quedado claro. Donjon empezaba a querer soltarle una bofetada. 
  • Deja al chico en paz, Lisos -interrumpió un hombre rechoncho, sentado en una mesita empotrada en la pared. Se giró hacia Donjon-. Chico, ¿si te las das de listo qué haces perdiendo el tiempo con él? Tarde o temprano bajarás a su nivel, y él tiene más experiencia siendo idiota. Siéntate - le dijo, señalando al taburete que había al otro lado de la mesita.