La historia número 100
 
(Un pequeño adelanto de la historia que estará en el Canal por la tarde; una     disculpa por las faltas de ortografía, pero el texto está realizado para que el lector digital le de las entonaciones correctas). 


Jacob Dédalus se encontraba terminando un artilugio de madera, de esos que le encantaba tanto hacer, cuando recibió la llamada de su madre. Sonaba desesperada.

— ¡Le queda poco tiempo a papá; mejor ven rápido a despedirte de él; lo creas o no, él pidió que vinieras a verlo! —Exclamó la mujer con voz chillona, del otro lado del auricular; a Jacob le pareció que estaba fingiendo su urgencia; de otro modo por qué llamar precisamente a final de trimestre, cuando su carga de trabajo en el taller solía disminuír sustancialmente; si el viejo iba a morirse qué más daba que fuera agosto o septiembre; de pronto la enfermedad de aquel hombre desagradable se amoldaba perfectamente a su agenda.

— No sé si pueda ir, mamá; mi perro se fue hace días y quiero estar aquí si regresa hoy, o mañana; ya sabes que él se va y viene en dos o tres días; y si nadie le abre la casa puede morir de calor allá afuera; ya sabes que aquí pega el sol fuerte, y que la señora de al lado envenena a los perros de la calle; quiero quedarme aquí a esperarlo, por si rasca el portal; no creo poder ir a verlo; —renegó Jacob con un aire de niño que no quiere ir al colegio. Su madre estaba horrorizada de que no quisiera darle el adiós a su padre, luego de 3 años de no haberlo ido a ver, en especial los dos últimos, cuando su enfermedad del riñón había empeorado.

— Ya sé cómo eres y que no te gusta confrontar tus emociones; pero a pesar de que lo odies tanto, sí deberías venir a decirle adiós, cuando menos hijo; de otra manera lo vas a lamentar el resto de tu vida; él se ha estado arrepintiendo de todo lo que te hizo; a veces habla solo y hasta le pide perdón a Dios por lo que te hizo; por lo que nos hizo a todos; —espoleó Nora Dédalus, haciendo uso de la argumentación manipuladora de las madres.

— Ya veré si puedo ir; si voy les haré saber a través de una llamada de confirmación. Si no me es posible llegar, dile al viejo que lo que hizo está en el pasado; que si quiere disculparse deje en paz a Dios, porque él ni las debe ni las teme; y que mejor escriba una carta y la mande a perderse en la oficina de correos; porque vale lo mismo; —indicó el joven terminando de pulir las patas de su artilugio, apoyándose el teléfono entre el hombro y la oreja.

— Bueno, cuando muera tu padre, vivirás miserable de no haber puesto la otra mejilla, como quiere el señor que hagamos; por supuesto que no te irás al infierno, porque Dios sabe que tu padre ha sido el peor, si tú quieres; y sobre todo contigo; pero sí deberías venir Jáco. Bueno, te dejo que suenas muy ocupado, como siempre. Ah, y por cierto, va a venir la sobrina de la señora Blúm; Móly Blúm; ya sabes que ella, su tía, se llevaba muy bien con tu papá, y quiere venir a homenajearlo; en representación de su tía, que murió el año pasado. Se la llevó un repentino cáncer de senos; pero bueno, te dejo que eso a ti ni te interesa. —Entonó la mujer colgando casi al instante el auricular; sabía que no le sacaría más palabras a su hijo.

Jacob todavía se quedó con el teléfono en la misma posición hasta que terminó de lijar la madera; estaba introspectivo. Su padre lo había tratado de marica durante los 19 años que vivió bajo su techo, y su muerte de alguna manera no le ocasionaba el menor sentimiento. Pero su madre había jugado hábilmente las cartas; a la sobrina de la señora Blúm, sí que deseaba verla; así que decidió que sí iría. No obstante, llamó para confirmar su asistencia casi a las 6 de la tarde. Su madre iba a organizar una gran cena de despedida en honor de su marido, Abráhm Dédalus; a la que esperaba que asistieran un montón de personas; Jacob, por supuesto, estuvo incrédulo de que nadie más que él y su hermano se presentaran.

A eso de las ocho de la noche, Jacob, que había estado parado una hora del otro lado de la cuadra, y detrás de una farola, decidió que era hora de entrar; escupió el cigarro que tenía en la boca, y que por cierto no había encendido por el nerviosismo, o tal vez porque una parte de él seguía respetando las normas de su casa de infancia, y caminó hacia el portón de madera, ya envejecido por los años; mientras sonaba la campana, se dio cuenta que su padre seguía sin gastar en las reparaciones más básicas; la puerta estaba apolillada como siempre, con las bisagras rojas por el óxido, y la reja desteñida y descarapelándose; el viejo Abráhm pensaba que la apariencia externa de las cosas, o de uno mismo no eran importantes, pero sí el interior; Jacob no pudo contener una risa; la casa por dentro era bastante hermosa; todo estaba limpio, todo estaba en orden y había cosas de valor puestas por aquí y por allá; pero el viejo era un hijo de perra. Su madre le abrió la puerta y le pidió que pasara, sin hacer demasiado aspaviento; le dio un insípido beso en la mejilla y dándose la vuelta, le pidió que colocase su abrigo en el perchero.

— No traigo abrigo; sabes que nunca me han gustado; —se quejó Jacob sin sacarse las manos de las bolsas de la chaqueta vieja y deslavada que tenía puesta; su madre ni siquiera lo escuchó.

— Se me queman los guisados que estoy preparando si no estoy pegada a la estufa; por favor lávate las manos y ve poniendo 12 lugares en la mesa; —indicó la señora ajustándose el mandil y entrando a la cocina. Jacob obedeció.

— ¿Esperas que venga mucha gente a decirle adiós al viejo, no es así? —Inquirió con cierto gusto. Su madre ni siquiera escuchó su pregunta; también porque Jacob tenía un modo de hablar tímido; y con una voz suave y tranquila, lenta y de lánguida entonación.

Una vez que acomodó los lugares en la mesa larguísima del comedor, fue a buscar a su madre a la cocina.

— ¿A qué hora vamos a cenar? —Le preguntó tratando de alzar la voz; porque las ollas hervían haciendo demasiado ruido, y ella golpeteaba constantemente con las cucharas de madera contra el filo de las distintas cacerolas; o cerraba las tapas y movía los sartenes; como tocando un concierto de ama de casa perfecta.

— La cena se va a servir a las 12 en punto, como es el santísimo sacramento eucarístico del señor, ya lo sabes; —respondió Nora Dédalus, limpiándose las manos en la toalla amarilla junto a la tarja y sin estarse quieta un solo momento. 

— ¿Y quién más, además de mí a llegado? ¿Ya está aquí Leopold? —Quiso saber Jacob recargándose contra los azulejos de verduras, trayendo a su cabeza memorias de infancia.

— Tu hermano Leopold no va a poder llegar a la cena; ya sabes que es muy importante en su empresa, no pueden revisar los proyectos de fin de mes sin él. Pero viene mañana a primera hora del día; hizo mucho coraje cuando no se pudo librar de la agencia precisamente hoy; ha estado viajando mucho y desde que se enteró de que tu padre se puso tan malo, ha querido venir; pero no lo dejan. Quiere decirle adiós, porque sabe que esta vez sí es la definitiva; —Expresó su madre tomándose dos minutos mientras los caldos hervían. Jacob hizo un gesto diminuto y rápido de desprecio, levantando el filo del labio superior mientras pretendía sonreír.

— Esperemos que todavía lo alcance vivo; sin duda el que tanta gente venga a festejarlo lo va a reanimar; ¿y no mandó a Béthel, como suele hacer?—; Indagó Jacob tapando con un mantel la cesta de pan sobre la mesita junto a él.

— Ya sabes que la esposa de tu hermano quiere muchísimo a su suegro; ella se vino desde ayer en avión, y no debe tardar en llegar; —exclamó Nora volviéndose hacia las ollas de nuevo; en ese momento la campana de la entrada sonó, seguida de unos golpes en la puerta; —esa debe ser precisamente Béthel; ve a abrirle Jacob, por favor; —suplicó la señora volviendo a golpear sus ollas con las distintas cucharas de madera que tenía por toda la estufa. 

Jacob se frotó las manos como una mosca, y caminó despacio hacia la entrada; en efecto, detrás de la puerta estaba su cuñada, pero también la sobrina de la señora Blúm. Jacob se puso nervioso al instante; Móly Bloom era una mujer joven, un año menor que él; con la que había convivido desde niño y luego de adolescente; y a la que siempre espiaba por la ventana, cuando ésta salía con su tía a hacer el mandado, usando una falda corta y zapatitos bajos. Ahora era toda una mujer guapa, esbelta, de cabello negro y ensortijado; con sonrisa fácil y ojos grandes y misteriosos. Jacob les pidió que pasáran con su voz guanga y, sin saludar a ninguna de ellas, tomó las maletas de Béthel y casi corrió hacia el cuarto de invitados para dejarlas ahí cortésmente, pero también escapando de la situación embarazosa de recibir a la chica que siempre le había gustado. Desde lejos escuchó que su cuñada lo disculpaba.

— Es un hombre tímido; —escuchó que decía. Ambas rieron, mortificándolo aun más. Su madre salió a saludar con toda la afabilidad que a él le faltaba y luego se regresó a la cocina. 

Jacob se miró en el espejo y trató de acomodarse el cabello, pero estaba demasiado largo y no quedaba bien ni metiéndolo detrás de sus grandes orejas; tampoco era un hombre apuesto, a menos que echara para abajo la mandíbula para alargar su rostro, que era más bien redondo. Sin poder darse gusto salió por fin para recitar un hola y en una incómoda posición agarrar la mano de cada una estirándose de más, en lugar de dar un paso adelante; así mismo les dio un beso en el cachete; estaba rojo como el atardecer y sentía que la sangre se le agolpaba en el rostro.

— Tenía buen tiempo sin verte; me dijo mi abuela que viniste hace tres años, pero yo estaba con mi esposo en el norte del país; me divorcié hace dos años y me regresé a cuidar a mi tía durante su convalecencia; ella me dejó la casa cuando murió y aquí estoy; —comentó la afable muchacha, acomodando su abrigo en el perchero. Béthel, su cuñada, viendo que una cierta vibra se sentía entre ellos, decidió darles intimidad y mejor se fue al cuarto a instalarse. 

Jacob asentía a todo lo que ella le contaba mostrándose interesado y con una atención que hubiese parecido extraña, si ella no lo conociese ya; pero además de atender a todo lo que la joven iba comentando con total educación, no encontraba qué decirle; Jacob pensó que su vida era incomprensible y por tanto aburrida, así que, además de indicar en dónde vivía ahora, y que era una zona agradable, no dio más datos de él; los espacios de silencio comenzaban a hacerse incómodos y Móly Blúm, indicó con mucha amabilidad, que debía pasar al baño. 

Béthel, al escuchar el pronunciado silencio, salió a la sala. 

— ¿No sabes si tu papá está visible, o si está despierto? —Le preguntó a Jacob tocándolo por el hombro; éste se volvió y luego mirándola directo a los ojos, y con un gesto exagerado, se encogió de hombros.

— ¡¿Tú ya pasaste a verlo?! —Inquirió su cuñada levantando las cejas. Jacob respondió que no.

— ¿No vas a pasar a verlo? —Insistió señalando la escalera.

— Pensé que bajaría a cenar con nosotros; —comentó Jacob, con un desinterés que Béthel encontró grosero. 

— ¿Y quién está con él, no sabes? —Siguió preguntando ella; la paciencia de Jacob se había terminado tres preguntas atrás, pero siempre elegía ser educado.

— No tengo idea; —dijo negando con la cabeza y alzándose de hombros; así de cerca, era como un hombre programado al que sólo podías arrancar ciertos gestos toscos, aprendidos, imitados o bien practicados.

Béthel le sonrió pero al darse la vuelta compungió la mirada. Poco después su suegra le explicó que Jacob y su marido, tenían asuntos; la cosa era que Leopold, su esposo, nunca le había hablado de lo mal que su padre había tratado a su hermano; por ser tímido, cortés e introvertido, nunca lo había bajado de homosexual y de llorón. Además, conforme se fue desarrollando se hizo evidente que no destacaría en ningún deporte y que el bello facial o en general en todo el cuerpo, nunca le saldría como a un hombre de verdad; ni siquiera olía como uno; para Abráhm Dédalus, fue como tener a una niña; sin duda sus emociones eran las de una niña; se quedaba mirando a los insectos y cortaba flores para adornar la mesa. Para Béthel era también extraño que aquellos dos fueran hermanos; su esposo, Leópold Dédalus, era un hombre alto, de buena musculatura, peludo como un oso y de voz tronante, e imperiosa mirada; con gusto por la caza de animales feroces. Jacob en cambio era de vista turbia y distante; parecía contemplar algo que estaba lejísimos; a no ser que le hablases, entonces te enfocaba entre sus ojillos negros y se ponía a decir que sí con la cabeza como para demostrar que estaba ahí; o que te estaba entendiendo, o que le interesaba lo que decías; pero quienes lo conocían, sabían que nada de lo que los demás hiciesen o dijesen, le resultaba relevante. 

Béthel sintió lástima por Jacob al escuchar toda la historia con su padre, pero a la vez pensó que aquel hombre de cabello en crenchas, se creía mejor de lo que era. Estaba resentido sin duda; pero no sólo con su padre, sino con toda la humanidad; como si cada persona en el mundo le debiese algo, y sólo por haber tenido una infancia de mierda. La misma Béthel había tenido una niñez de esas; su madre la trataba como la sirvienta de la casa por ser la única mujer; y no por eso se hizo extraña e indiferente. De repente sintió que su fortaleza era su mejor virtud; —sonreír es para los fuertes. —Interiorizó la bella mujer. 

El cura del pueblo fue el último en llegar, quince minutos antes de la media noche; una vez que sonaron las doce en punto, y sin que nadie más que él, Béthel la esposa de Leópold, Móly la sobrina de la señora Blúm, y Jacob, hubieran asistido a esa cena de despedida, comenzaron a cenar. Néstor Múligan, el sacerdote, dijo unas palabras para conmemorar la eucaristía, partiendo el pan y sirviendo el vino; todos menos la esposa de Abráhm, encontraron su discurso largo y tedioso. Luego sentándose, pidió que antes de probar el delicioso cordero pascual que había cocinado la señora de la casa, cada uno de los 4 integrantes de la cena, dijese unas palabras.

Béthel Dédalus pidió primero la palabra; agradeció al señor Abráhm, por haberla aceptado en la familia tan rápido; era digno de mencionarse, porque no era un secreto que se trataba de un hombre difícil y duro de carácter; alzando la copa, dijo también que era un humano justo y trabajador, y eso le constaba; encantador con ella y siempre dispuesto a ayudar al prójimo, siguiendo sus firmes preceptos católicos.

Móly, la vecina, dijo que tenía bonitos recuerdos del homenajeado, de cuando ella era una niña. Contó que una vez en que se quedó sola y tuvo que salir a la calle a comprar el pan, el señor Dédalus la había subido a su coche, la había llevado a la panadería, y él mismo había pagado por las hogazas de pan.

— ¡El dinero que ahorraste úsalo para darle algo lindo a tu tía; es una bella mujer! — Me recomendó el señor Dédalus, acariciándome en la cabeza; —narró la muchacha con una lágrima; la señora Dédalus trató de no hacer una mueca.

Como Jacob se quedó en silencio y desvió la mirada, fue la señora Nora Dédalus la que levantó la copa.