La izquierda de Hans-Hermann Hoppe
 
  

Les voy a hacer un adelanto del análisis que estoy haciendo de un trabajo de Hans-Hermann Hoppe titulado “Realistic Libertarianism”, que, no es ni realista, ni mucho menos libertario. Para quienes no lo conocen, Hoppe es miembro del Mises Institute, discípulo de Murray Rothbard y autor de un buen libro llamado “Democracy, the god thad failed”, donde con precisión señala las inconsistencias del concepto de representación política y como hasta la monarquía resulta ser menos peligrosa para las libertades individuales. Esa obra es muy recomendable, lo que está escribiendo últimamente es bochornoso, no puedo calificarlo de otra manera. 

Me estuve preguntando en los dos últimos años de dónde salía la ola (o La Ola) de “liberales” (este entrecomillado no la va de puritanismo liberal, se los aseguro), que sostenían de un modo muy agresivo y cobarde, posiciones nacionalistas, racistas, xenófobas y cuanta cacería de brujas se le cruzara, en nombre de un “verdadero libertarianismo” o “libertarianismo paleo”, lo cual es toda una confesión como denominación. Está muy de moda entre los que abusan del concepto ambiguo de “marxismo cultural”, un fantasma que entusiasma por igual a críticos del marxismo y a partidarios del fascismo católico que están obsesionados por el sexo. Posturas todas ellas antiliberales, pero esta gente parecía un grupo de quintacolumnistas que no iban a tener éxito alguno entre gente formada en el concepto de libertad individual y con conocimiento del proceso de colaboración social que sigue a su consagración. Me equivoqué, estas eran ideas se gestaban en la cabeza del autor de “Democracy, the god that failed”, que incorporaría en gran medida el mundo del canapé, de la apolítica, del escondámonos debajo de la cama a hablar de temas que solo nos interesan a nosotros, de modo de no tener que dialogar con extraños. Ahora se los ve felices interactuando con nazis declarados. Entonces empezaron a tratarnos de idiotas a los que no creíamos en las fronteras, como Bastiat, en el nacionalismo, como todos los liberales, y mucho menos en el proteccionismo, mientras ellos se acercaban a las protestas de los comunistas antiglobalización de los ochenta, a los de Tacuara en la Argentina y a los Trumpistas en Estados Unidos. Hoy nos hablan de “dumping”, tipos que crecieron leyendo a Mises. Todo eso encaja en el irreal “realismo libertario” de Hans-Hermann Hoppe. 

Como les digo, es un adelanto. Es tal la maraña de confusiones, trampas y razonamientos adolescentes que tiene este trabajo, que me llevará bastante tiempo desmenuzarlo. Van apenas algunos puntos. 

Lo primero que señalaré es lo que puse cuando comenté lo refutable que era el postulado supuestamente axiomático a priori de “todo conflicto es consecuencia de la ausencia de propiedad privada y la propiedad empieza con la potestad sobre nuestro cuerpo”. Lo separé del análisis, porque lo considero incorrecto, pero en realidad es lo único que tiene una inspiración libertaria o liberal de todo el artículo. Uso libertario como sinónimo de liberal. Lo cierto es que la primera palabra fue inventada en el propio círculo rothbariano cuando muchos liberales comenzaron a volcarse a la izquierda, con la discriminación positiva y otras confusiones. Ahora, en Estados Unidos, liberal es sinónimo de izquierda. El propio Hoppe, en otro lado, dice que en este momento se vive algo igual, porque el verdadero libertario es él, que cree en una sociedad donde predominen los varones blancos heterosexuales (como Hitler, Carter, Clinton, Alinsky, el propio Hoppe, y siguen las firmas). El falso sería el que promueve la libertad de comercio, la libertad individual y de contratación (de la que deriva el derecho a la libre circulación por las fronteras, que él considera violatoria del derecho de propiedad). Coincido con Hoppe en que esto requiere un nuevo cisma, pero en realidad pienso que son él y sus seguidores que aplauden cada afirmación troglodita que sale de su boca, quiénes deben irse con su palabra, hasta que inventemos otra para los que no hemos cambiado de opinión. O, si no, que hagamos lo que tenemos que hacer que es recuperar la palabra liberal, porque la huida hacia la otra, fue eso, una huida, algo que no debe hacerse. Indudablemente el movimiento liberal o libertario, como quieran llamarle, en los Estados Unidos tiene un problema serio si le pasa esto por segunda vez y si terminan casi queriendo preservar el Estado Benefactor, para encontrar una excusa fallida para su xenofobia, unos que quieren hablar en nombre de “la derecha”. 

Su propósito es, justamente, identificar al libertarianismo con la “derecha”. Ese concepto tan equívoco que, como señaló mi amigo Diego Trinidad en su libro “La izquierda eterna…”, nunca existió. Se les llama así a cosas muy distintas. El concepto claro es el de izquierda, y, por cierto, siempre lo he pensado, abarca las ideas de Hoppe. Pero es muy concreta la derecha a la que quiere asociarse Hoppe. Es a Donald Trump. Si eso requiere estar al lado de Richard Spencer, no le hace asco. Hasta organiza eventos con él, de quién dice que es una lástima que se haya “desviado”. Se ve que no lo suficiente para no compartir tribuna con él. 

La falacia que utiliza para la asociación es que, mientras la izquierda postula la igualdad, la derecha postula la desigualdad, lo que haría fácilmente identificar al liberalismo con la segunda postura. Pero la desigualdad del liberalismo es simplemente aceptada, no se interesa por quién triunfa más o menos, porque toda asignación de patrimonios en ausencia de violencia, es la que es buena para todos, hasta para los menos hábiles. La habilidad no detenida es una oportunidad para el comercio. El menos habilidoso accede a la ventaja del más habilidoso a través del intercambio y, respetarlo, es la clave. La desigualdad de una sociedad de castas, en cambio, es todo lo opuesto al liberalismo. La idea de que los blancos son mejores que los negros, es repugnante al liberalismo. La habilidad del mercado no es una virtud colectiva, aunque las estadísticas digan que un agregado llena más requisitos de “superioridad” en la escala de valoración de uno o muchos iluminados (que ni siquiera son capaces de advertir que cuando miden, ya valoraron). El mercado no premia la virtud “pura”, sino la virtud del intercambio, la libremente elegida. Los preciso mueven las decisiones de inversión y trabajo, por lo tanto los precios tienden a parecerse, a igualarse. Por eso la desigualdad no es un objetivo, es una sitación de hecho. Una frontera es el obstáculo al comercio, también de trabajo. 

Hoppe elige esta caracterización ambigua de derecha e izquierda para asociar liberalismo a segregación colectivista y para afirmar que las fronteras son una expresión de la propiedad privada. No distingue incluso la propiedad común, adquirida por varias personas en forma privada, y la “soberanía”, como la consagración del colectivismo político y el cadalso histórico de la libertad individual, la única que existe. Para el mercado ni siquiera existe la “inmigración”, existen los contratos de trabajo, de compra venta y la adquisición de inmuebles, cuya propiedad es imposible sin estar asociada a la de circulación. 

Recurre a argucias realmente tan contrarias a la mínima capacidad de análisis, que me asombra cómo han prendido. Habla de las carreteras como una propiedad de los locales que los extranjeros usurpan. Las carreteras fueron hechas con un despojo, cuando no se paga peaje por ellas peor, pero no son la propiedad de nadie particular. El estado las administra y, como toda cosa común, no puede decirse que el criterio de su izquierda xenófoba sea mejor al de la otra izquierda victimizante o a la del comerciante en particular que quiere vender sus productos a los mejores postores y cuyos derechos de propiedad y el valor de sus propiedades, son comprometidos por el éxito que la estupidez nacionalista tiene a la hora de justificar al estado y a su presupuesto. Su cierre de carreteras para que las maneje Spencer, viola todos los derechos de los propietarios conectados a ella.

Los argumentos de Hoppe, llevan a conclusiones opuestas a las que pretende. Si las carreteras públicas fueran un “bien” de los locales que fuera una extensión de su propiedad privada, entonces el estado no hace más que proteger la propiedad privada cuando las construye y habría que legitimarlas. Ninguna de las tonterías que afirma en su artículo son menos aplicables a los turistas que a los “inmigrantes”, denominación que, repito, pertenece al lenguaje colectivista estatista. 

Los xenófobos quieren sobre las fronteras aplicar el mismo criterio que todo poseedor comunal busca: sacar provecho, aplicar sus bajos sentimientos, que no utilizan en sus intercambios privados seguramente, y distribuir el costo entre todos. Las carreteras bien o mal construidas, tienen un fin de comunicar, benefician a quienes están en cualquiera de sus extremos para posibilitar intercambios. El impedirlos afecta los derechos de propiedad de todos. Las reglas colectivistas también. 

No aplica mínimamente el individualismo metodológico. Introduce el problema de los grupos como si fuera idéntico al de los individuos, porque quiere justificar su preferencia por los varones blancos heterosexuales. En Estados Unidos la estupidez racista llega a tales extremos (creo que eso explica la decadencia de los liberales-libertarios en este país), que en casi cualquier formulario se pregunta la raza del que lo tiene que llenar. Si se contesta “blanco”, sigue otra pregunta ¿Pero blanco hispano? Hay hasta blancos y blancos, para los paleos, trogloditas, que los diseñan. 

Al final, como digo, de la galera saca esa asociación con la supremacía que vende. Es un artículo que directamente me produce vergüenza ajena. No sé si lamentar el daño que ha hecho entre los liberales o festejar que nos despeje el panorama de los que en el fondo parecen no haber entendido nunca nada. 

Lamento informarles a los partidarios de Hoppe, uno de cuyos objetivos es, se supone, atacar al multiculturalismo, que lo de ellos es precisamente multiculturalismo. Solo que mientras la izquierda defiende la igualdad colectivista, ellos defienden la desigualdad colectivista, aceptando las falacias de base del multiculturalismo. Pero eso lo dejaré para el trabajo final.