La Marcha de los Treinta y Dos: Impacto - Sección 01 - Acto 1
 

"Fui un ciego testigo, tan sólo siendo capaz de oír, desde una distancia inadecuada y opaca, cómo nuestras armas automáticas comenzaban su rugiente cantar. Los disparos procedentes de nuestros defensores, que en un principio me alarmaron para después tranquilizarme, comenzaron siendo lo único que podía oírse. Pletórico a la par que exaltado, comencé a exigir informes exactos de la situación en el frente que hicieron que el edificio de la oficialía estallara en un crisol de llamadas apresuradas, fugaces intercambios de información y miles de teclas provenientes de nuestros descodificadores que traducían las líneas provenientes del frente. Durante aquellos instantes, no pude advertir nada más que humo y disparos que, incluso desde mis posición, en el tercer piso del edificio que antaño había servido como capitolio principal de la ciudad, resultaban perfectamente audibles; el rugir de nuestras propias armas hacía que quisiera alejarme de todo aquello. Entonces, me vi asaltado por uno o dos portavoces de mi oficialía acercándose hacia mí. Yo, acelerado como estaba, arranqué los informes de sus manos para tratar de hacerme una idea de qué estaba ocurriendo. El horror invadió mi rostro al descubrir que la mayoría de estaciones defensivas del frente no habían respondido a la llamada y que no sólo eso, sino que gran parte de ellas estaban siendo brutalmente atacadas por feroces hordas Rashoran, que avanzaban sobre nuestras posiciones con el fuego incandescente de sus aliados del sur volando sobre sus cabezas y martilleando nuestra ubicación con una insistencia inaudita, nunca antes presenciada. El frente se vio de un momento a otro ante una visión dantesca, donde incontestables hordas de Rashoran cruzaron las bajas montañas de la frontera, cayendo sobre Rorbugh con sus canciones de guerra, su irreprochable ira y, por supuesto, sus clamores indoblegables. El combate se presentó como una situación sorprendente, brutal y que pocos habrían podido describir. En mi aberrante experiencia como Oficial al cargo de la zona, contemplé, durante lo que en mi recuerdo fueron apenas unas horas y los ínfimos supervivientes de mi cámara de ayudantes aseguran que fueron días, cómo los Rashoran, auspiciados por sus aliados del sudeste, se abalanzaron en una vorágine de imparable furor, donde nuestros soldados fueron completamente sobrepasados. Todo el tiempo, a todas horas, mis enlaces comunicaban con suma celeridad en los últimos segundos de su vida que la posición en la que estaban asignados había caído. Uno tras otro, cada vez penetrando de forma más profunda en la ciudad. En esos instantes que sentí como los más horripilantes de mi existencia, me vi tentado de arrojar la orden de saturar la ciudad con un fuego devastador proveniente de nuestras miles de baterías tras las líneas. Madres, hijos, hermanos... todos ellos recibirían la orden mas detestada y temida; disparar contra sus familias, que tratando de sostener el frente ante un enemigo que no se amedrentaba ante el fuego de nuestros fusiles, nuestras armas automáticas o las bayonetas, me acercaban peligrosamente a la idea.

 

Me recompuse y, alzando la voz por encima del bullicio, di mis órdenes; mi intención no era otra que la de reagruparnos al otro lado de la ciudad, para después hacer estallar los puentes y volver a llevar a cabo un segundo reagrupamiento con diligente celeridad. En mi conciencia no caería el peso de semejante ordenanza, terminé por sentenciar. El tiempo que tardó en transmitirse la orden, fueron unos instantes extraños de sórdida espera que terminaron por desconcentrarme. Aunque había previsto un asalto de monstruosas dimensiones, como es común entre nuestros vecinos Rashoran, jamás pude prever esa cohesión entre ellos y sus aliados más sureños, que, armados con armas de factura extranjera, supieron utilizar sus recursos de una manera encomiable.

 

Sentí una profunda presión en el pecho cuando nuestra admirada caballería cargó de frente contra las cohesionadas líneas Rashoran. Espoleando a sus corceles y enfilando sus lanzas, gritaron el nombre de nuestra nación con la ultima bocanada de aire que surcó sus cuerpos antes del impacto; “Reszovia...” pude oír mientras, sobre el edificio de mando, cuya condena se encontraba cada vez más próxima, contemplaba la masacre. Ante mi mirada llena de impotencia, me encontré con los puños sobre la cristalera, observando el encarnizado combate lleno de honor y sacrificio de nuestros jinetes, quienes se enfrentaban a las ansias de los Rashoran y sus deseos de justa retribución. No vi semejante nobleza en mis años de instrucción y, aunque pude leer en los manuscritos de nuestra bella nación historias sobre los caballeros Sordlaz y sus admirables gestas, aquello hizo que me sintiera devastado. ¿Cómo podía abandonarlos? Se lanzaron sin dudarlo ante la mínima señal de peligro hacia nuestra persona; jamás dudaron un instante en entregarse a un combate que, ante mis ojos, se presentaba como sumamente brutal. Presencié, con la palidez invadiendo mi rostro, cómo nuestros jinetes eran atravesados por las lanzas Rashoran, cómo sus espadas se hundían con firmeza en el rostro de nuestros enemigos, cómo los caballos eran arrojados por ambos lados del puente, con sus jinetes aún en ellos, en una caída de siete metros, a un río ya seco desde hacía años; escuchar el crepitar de sus cuerpos contra el lecho reseco... tornó mi debilidad en derrota. Pude oír a mi asistente Jehno transmitir mi última orden antes de apartarme de aquella visión maldita que nunca me abandonaría.

 

La orden no tuvo demora alguna. Todos contemplamos la posibilidad de que esto pudiera ocurrir y, asistiendo a un espectáculo de singular patriotismo, valor y sacrificio personal, mi asistente de comunicaciones, Jehan, comunicó, con lágrimas cubriendo su rostro, que en la mitad este de la ciudad se había confirmado la orden de disparo... allá donde, su prometida, servía como operadora de un arma automática. Los segundos que transcurrieron tras ello fueron los más largos de toda mi existencia; todo el edificio que componía el Alto Mando del Grupo de Ejército Grausen se detuvo en sus frenéticas acciones, dirigió la vista a los clásicos ventanales y fuimos testigos de una cortina de fuego que envolvió la ciudad. No fuimos capaces de oír gritos ni llantos, tan solo el ensordecedor estruendo de cientos de miles de proyectiles devastando la ciudad en la que mis hijos se criaron; la urbe que juré por mi nación que protegería del invasor y que, ahora, yo mismo estaba destruyendo. Con el corazón henchido del dolor que caracteriza a las pérdidas más sinceras, me descubrí temblando con las manos apoyadas en el translúcido ventanal; tan sólo desperté del doloroso sopor en el que me encontraba al resquebrajarse el cristal por el que asistía a la masacre.

 

Aunque tan sólo fueron unos minutos, en los que permanecí sentado en una silla que acerqué con timidez a la ventana para obligarme a ver el horror que había desencadenado, me abstraje de mis obligaciones. Mi equipo, profesional y disciplinado, colmado de todas mis alabanzas y recomendaciones, continuó con sus labores percibiendo en mí los rasgos de alguien acabado. Recogieron a toda prisa los documentos necesarios, arrojaron al patio los que podrían resultar comprometedores y comenzaron a ejecutar el plan pertinente para este tipo de casos, cuando el edificio de mando, situado en un lugar céntrico de la ciudad, se hallaba ante tamaña amenaza.

No supe qué hacer y mis asistentes tuvieron que hacerlo por mí. Sentí entonces una vergüenza que no le deseo a ningún soldado. Fui un deshecho... contemplando con impotencia y espanto cómo había ordenado la condenación de miles de mujeres y hombres, entre los que se encontraban mis propios hijos, de una forma tan natural. Cumplí con mi deber y... no me sentí orgulloso de ello. Pude haber actuado de otra forma: era mi obligación salvarlos a ellos y a la ciudad en la que mi alma residía. Me abandoné en el edificio de mando al tratar mis asistentes de obligarme a escapar del edificio. Me negué en rotundo y, con mi arma personal entre mis manos, les obligué a marcharse. No pudieron hacer nada; escuché palabras de acusación entre algunos, pero no en Jehan, que, posando su mano en mi hombro, me trajo mi gorra y se despidió de mí como de un oficial de bien. Al escuchar el chocar de sus botas sentí un tajo en mi interior. Algo se desprendió, presumo.

 

En mis últimos momentos he contemplado la ventana sin apartar la vista, como si, haciéndolo, pudiera vislumbrar a algunos supervivientes atravesar el puente Sardón tratando de replegarse. Entonces convine en que ni siquiera les di la orden: ni siquiera les di la oportunidad de salvar sus vidas... Sosteniendo aquella pistola entre mis manos, pensé en acabar con mi vida cuando un destello de luz llamó mi atención; alcé mi mirada y contemplé atónito cómo unos miserables rescoldos, restos de nuestra caballería, luchaban con un denuedo patriótico, suicida y completamente desgarrador. Aquel destello provino de la armadura de uno de ellos, que, solo y sobre un muro compuesto por caballos y hombres, luchaba por mantener aquel puente a pesar de que acerté a ver cómo, de los ruinosos remanentes de la ciudad emergían Rashoran, henchidos de ira por el ataque lanzado contra ellos.

Aterrorizado, envío este mensaje desde la plataforma de comunicación de la antigua sede del Alto Mando, donde contemplo cómo aquellos a los que hace cinco años llamamos salvajes e ignorantes superan con impunidad nuestra línea de frente e invaden nuestra sacra nación. He desobedecido a mis oficiales, he traicionado a mis hijos y a mi pueblo. Mientras transmito este mensaje, escucho cómo sus férreas botas ascienden las escaleras hasta encontrarme. Me vieron... un Nombrado vio mis galones desde el puente y ahora reclamará mi nombre como trofeo para su pueblo. Ya es tarde... he de terminar. Ahora... puedo escuchar cómo derriban las puertas del edificio; me encontrarán y seré presa de alguno de sus Nombrados, que, en busca de un reconocimiento aún mayor, tratará de acabar con mi vida de una forma que no puedo permitir. Ruego a mis hombres, a los caballeros Messheim y a la sagrada nación de Reszovia que perdonen mi debilidad. Soy un hombre derrotado, mi ciudad se tomará al amanecer y, con ella, muero yo también. Aún no consigo oír con claridad mis propias palabras... pero sólo puedo decir una ultima cosa: Viva nuestra sagrada Reszovia.

 

Mi nombre es Maehorn Ersteim, Teniente General del Octavo Grupo de Ejército Grausen, de nuestra Sacra Nación de Reszovia. Fin de la transmisión.”

 

Y con las últimas funestas palabras, la voz magnetizada de Sohren dio por finalizado el documento. El silencio devoró la estancia de hormigón, de paredes grises, tristes y ausentes de ninguna clase de adorno, salvo por la pulcra bandera reszovia alzándose sobre la pared del fondo. Finalmente, Sohren volvió a alzar la voz desde la estación de comunicaciones desde la que hablaba.

 

- Esta... desagradable lectura corresponde al verdadero General Maehorn. Desgraciadamente, no es ninguna clase de engaño o filtración con el fin de torcer nuestra atención. - A través del barroco transmisor, situado a un lado de la habitación, Sohren hizo una pausa que se vio acompañada por el distintivo sonido que provocan las frenéticas caricias del papel. Con un nudo en la garganta, alzó de nuevo la voz portando las noticias mas despreciadas. - Reszovia ha sido invadida. - Y, ante sus palabras, todos descendieron la vista, sintiendo como un vetusto peso colgaba ahora de sus cuellos... una carga que amenazaba por romperlos.

 

Postdam se mantuvo con las manos enguantadas unidas entre sí sobre una pequeña montaña de papeles. Oficial del Sondher como era, resultaba inusualmente silencioso, ecléctico y reservado con su opinión. No tardó en asentir con un deje de casi imperceptible tristeza en sus ojos azules, mas no abrió aquella boca pequeña que poseía. Su aspecto, como resultaba ya toda una convención en quienes pertenecieran al silencioso y solemne cuerpo de inteligencia nacional, resultaba impecable, con su uniforme grisáceo perfectamente colocado, corbata a juego y su gorra de oficial sobre la mesa, la cual sólo se la retiraba en congregaciones de la oficialía como aquella. Su rostro no denotaba nada, como un abismo interminable de ojos grandes y aparentemente vacuos, pelo que una vez fue negro pero que, a causa de la edad, se había tornado gris al igual que su traje y su boca, pequeña al tiempo que sumamente discreta. Era un hombre consumado a su trabajo y, sin embargo, a todos los de aquella habitación les pareció que aquella transcripción tan polémica, era de un muy complejo acceso incluso para él.

En él se podía advertir toda una historia de secretos y dulces mentiras contadas a necios presuntuosos; toda una carrera de desgarradores engaños descansaba sobre sus hombreras metalizadas. Símbolos del Sondher que indicaban su prestigio, era el hombre con mayor edad y presumiblemente experiencia de aquel lugar, y su pertenencia al Sondher, aquella compleja maquinaria que no todos llegaban a entender, pero que, aun antigua, seguía cumpliendo su cometido. A pesar de los conflictos, los cambios de poder, la barbarie... el Sondher era el ejemplo a seguir. Tosco, sutil... había sido destruido, aparentemente, cientos de veces y aún así, la detestable estructura nunca desapareció del todo. Una simple mirada bastaba para ver tras Postdam un reguero de engaños, falsedad y descarnada desidia. En él residía de forma genuina, como en muchos otros, el sentido de un pragmatismo voraz, desconsiderado y tan objetivo que no contemplaba la necesidad de, inclusive, su propia carne.

 

- Según esa transcripción, Rorbugh no sólo ha sido invadida, sino que la totalidad del Octavo Grupo de Ejércitos Grausen ha sido desbandada y, por consiguiente... - Postdam apartó las manos de aquella modesta montaña de documentos que se presentaban ante él, para después ir pasando las páginas una tras otra en una amarga sucesión hasta detenerse en una con un gesto rígido. - Todas las instalaciones, ciudades y enclaves están en un peligro manifiesto que... sin duda, supone una amenaza de calibre nacional. - Sus palabras, tan ciertas como dolorosas en el orgullo y corazón de los presentes, fueron recibidas con muecas de enfado, resoplidos de exasperación y un pesar generalizado de aquellos que sólo nacen con la certeza de que sobre el hogar de uno, yace un peligro que atenaza el espíritu. Un sentimiento que todos ellos ya habían experimentado de una forma u otra pero que, en aquel momento, se presentaba con un tono muy distinto, vestido con los atavíos de guerra, mostrando los dientes y señalando con siniestro gesto... que no había salida posible.

 

- Son unas noticias devastadoras... ¿Cómo hemos llegado a esta situación, Comandante? - El tímido hilo de voz proveniente de Lanstev no pudo transmitir más que lástima. Situada justo al lado de la estación de comunicaciones y encargada de mantener el canal entre la reunión y Sohren, la Oficial de Suministro siempre había despertado la compasión de quienes la veían. Tan delicada, femenina... aunque estas no eran las razones de tal compasión, sin duda alguna. - Qué... ¿Qué podemos hacer? - Preguntó, con tal desesperación en el rostro que hizo que la Comandante Darn alzara la mano para señalar la estación de comunicaciones, profiriendo una orden sorda; debía callar y continuar manteniendo las comunicaciones. Lanstev no asintió ni dijo nada, llevando sus manos temblorosas ante las visiones que su propia imaginación le brindaba sobre la abominable situación. Lanstev era, sin duda, el miembro más cuestionable de aquel complejo. Nacida con una habilidad sumamente desarrollada en el ámbito organizativo, un prodigio de los números y, además, poseedora de un metodismo realmente desarrollado, cumplía su trabajo sin cuestionar las órdenes; sólo obedecía, trabajaba, pasaba las noches en absorta dedicación a su cometido y, con cierta regularidad, llegaban medallas por su encomiable esfuerzo. ¿Por qué cuestionable, entonces? Lanstev era, sin el mayor arrojo de duda, absolutamente prescindible. Su dedicación, su esfuerzo y sus habilidades propias eran, en realidad, las facultades que las escuelas de oficiales de Reszovia se esforzaban por imprimir en sus alumnos. Había casi millones de jóvenes oficiales enardecidos por conseguir un puesto como el suyo, por demostrar lo mediocres que eran. Tal y como lo era ella misma. Tristemente, todos conocían su procedencia, su cometido y lo nimia que sería su corta e intrascendente carrera.

 

- ¿La información es veraz? Si lo es, podemos dar por sentado que nosotros somos el objetivo más evidente; en cuestion de dias, estarán golpeando las puertas del complejo tratando de evitar lo que todos sabemos. - Horvenn, Oficial de Seguridad del complejo, Teniente y con una carrera impoluta de soldado, oficial y asesino de masas. Era un joven brillante, con una autoridad férrea que, aunado a su simplicidad a la hora de enfrentarse a los problemas que se le habían presentado, hacían de él un oficial temido, respetado que, a pesar de su edad y tendencias, era un valor a tener en cuenta. Respiró con profundidad, bajando la vista hasta los documentos que tan diligentemente Postdam había entregado a cada uno de los presentes. - Para ellos, somos una amenaza, un cuchillo en su cuello que amenaza por destrozar secciones enteras de sus esfuerzos. - Dejó escapar un suspiro de autoconfirmación. - Somos los siguientes, sin duda. - Terminó por sentenciar. Lanstev permaneció mirándole con el rostro dolorido a causa de sus suposiciones. Postdam asintió con pesadez, dándole la razón, para después levantar el dedo índice de su zurda con la intención de llamar la atención de los presentes.

 

- No sólo eso, Teniente. En ellos mora, sin el menor arrojo de duda, un odio racional y sentido hacia nosotros particularmente. Para ellos somos una amenaza constante, unos asesinos casi divinos... y, si alguno ha leído, aunque tan sólo sean unas simples líneas sobre los Rashoran, sabrá que, en ellos, reside un aberrante sentimiento de odio hacia todo lo divino. - Concluyó Postdam, para luego bajar la mano con pesadez con el fin de seguir repasando sus documentos... Como si aquello que hubiera dicho, profetizando odio y muerte, no fuera nada del otro mundo, tan sólo una simple observación objetiva. Pero... ¿Acaso no lo era? Claro... que lo era.

La comandante Darn mantuvo un silencio total y absoluto que comenzó a enervar a los presentes, que se veían en la situación de contemplar los grotescos informes donde se describían las aberrantes acciones de los Rashoran, unos demonios con forma de hombre que renegaban de todo lo divino o lo profano, que luchaban con el corazón y la mente depositados en la necesidad de reconocimiento con el irónico final de ascender desde la despreciable tierra y carne que los encerraba hasta sus dioses para, allí, matarlos con sus propias manos. Sin que la oficial al cargo y de mayor rango se pronunciara en lo más mínimo, enterrando la boca entre sus manos enguantadas del negro y brillante cuero, sólo pudo verse su rostro abstraído y sus brillantes hombreras de oficial, las cuales descendían hasta el antebrazo en una sucesión de bellas representaciones y símbolos militares. Rough no dijo nada, sencillamente llevó la mirada a su reloj; el tiempo seguía transcurriendo como todos los días... siempre demasiado deprisa.

 

Un silencio incómodo se adueñó de la habitación, donde el único sonido existente era el siniestro crepitar de la estación de comunicaciones, en la que Lanstev se sentaba, y el incansable continuar del reloj de Rough, quien apenas se había pronunciado durante la reunión; en su rostro pálido se anticipaba un miedo inconfesable.

 

- Aquí Sohren – Interrumpió, y todos alzaron la cabeza con el miedo en la garganta por lo que el funesto mensajero tenía que decir. - Esto no ha sido lo único que he recibido esta noche. - Anunció con pesar en la voz. Todos se miraron entre sí; Darn bajó las manos. Miedo y silencio se tornaron terror. - El Gobierno de Reszovia no ha tardado ni un instante en alzar la voz ante esta... desgraciada situación. Os resumiré el contenido de las medidas a tomar... - De nuevo, el rugir de las hojas de papel creaba una sinfonía junto con el crepitar de las comunicaciones. Si a ese sonido se le hubieran añadido los incandescentes disparos de las baterías de artillería, se habría podido resumir la existencia del Sacro Ejército de Reszovia con ridícula precisión. - La situación es terrible, pues toda una masa indoblegable de Rashoran atraviesa a millares la brecha en Rorbugh clamando al cielo una victoria total. No sólo ellos, pues, a miles, sus aliados del sudeste, armados con artilugios modernos, los acompañan, apoyan y sustentan a un nivel que no creíamos posible. La situación es insostenible, cientos de enlaces han caído antes siquiera de informar sobre la condición del frente y se ha declarado el estado de emergencia total. Se han movilizado hasta dos grupos de ejército, cuyos carros blindados acuden a toda prisa adelantándose a todo, en un desesperado intento por detenerlos como sea antes de que logren avanzar más... -

 

- Casi tres millones de soldados... - Susurró Horvenn, echándose hacia atrás en el respaldo metálico de su silla al tiempo que se pasaba la diestra por la cabeza, impresionado, intimidado... ¿Emocionado?

 

- ...antes de que sea demasiado tarde y caigan sobre la nación como una marea infausta. Estamos cerca... se presume que somos un objetivo prioritario y, por ello, se nos ha ordenado aumentar el ritmo de trabajo hasta, lo siento, Rough, tres... por día.

 

Rough alzó la vista con consternación, tragando saliva, y todos los presentes observaron su rostro desaliñado incrédulo ante sus palabras. Incluso dejó de mirar su reloj, devastado por la declaración de Sohren y todo lo que conllevaba.

 

- Además... he de comunicaros que el SK ha actuado. Esta semana, un nuevo miembro de su organismo acudirá a sustituir a... - Sohren se detuvo en aquel instante: no era necesario continuar, pues todos sabían bien a quién se refería. El terror, entonces, se tornó pánico. Postdam fijó la mirada en sus documentos con las manos entrelazadas y Horvenn apretó los dientes, haciendo descender la diestra al mentón para tratar de esconder su contrariedad inútilmente, pues de nada servía ocultar lo que todos sabían. Rough no esbozó gesto alguno: había palidecido cuando Sohren habló y así permaneció. Su gesto compungido y su inerte movimiento pasaron desapercibidos para los presentes. Sus problemas... eran distintos a los del resto.

 

- Eso significa que probablemente llegue hoy o que, sencillamente, ya esté aquí. ¿Me equivoco? - Dijo Horvenn, con celeridad y agresividad, tratando de confirmar algo obvio. Aunque lamentable, su reacción era comprensible.

 

Nadie respondió a semejante estupidez. El SK era un organismo incontrolable, impredecible... a tal punto, que nadie de aquella habitación comprendía ni sus motivaciones, ni sus métodos. Envueltos en un sudario que bien podría haber sido catalogado de herejía en un pasado muy lejano y vergonzoso, ahora se trataban de los adalides de una nueva Reszovia, un paso adelante en el progreso de la Gran Nación que, haciendo uso de las nuevas energías del mundo moderno, obligaban a avanzar a violentos golpes a toda la nación, forzándoles a contemplar un futuro de progreso incierto que no todos podían soportar. El SK era joven... aunque no tanto como todos juraban. Sus artes, execrables para algunos y maravillosamente reveladoras para tantos otros, habían sido el insólito combustible de la Nueva Reszovia, como tanto se esforzaban en calificar. Sus movimientos ritualísticos, las acciones de sus emisarios... todo parecía incomprensiblemente horroroso. Nadie, ni siquiera un organismo que formaba uno de los pilares de la sociedad como era el Sacro Ejército Reszovio, alzaba la voz con fuerza contra ellos. En los ojos de sus miembros y asociados se percibía una mirada acerada, como la firme vigilia de un cuchillo atravesándote el pecho sin que nada pudieras o quisieras hacer. Todos se revolvieron en sus asientos, sintieron con nitidez lo que se avecinaba; era un presagio tan adusto y desgraciado que en el mismo aire las palabras dejaron de tener importancia. Los gestos, todos contrariados y compungidos, bastaban para comprender la situación en la que se encontraban.

 

Horvenn suspiró, apartándose de la silla levemente, y bajó la vista afectado por la nueva.

 

- Es evolución, dicen... yo, en ellos no veo más que lo peor que pudo haber dado este país. - Sentenció, matando el silencio imperante.

 

- Lo es. - Respondió la Comandante Darn y todos la observaron con la mirada atónita. Nadie comprendió a qué se refería exactamente.

 

- Cómo... ¿Cómo puedes decir eso? - Respondió, con un deje de evidente contrariedad e inconformismo que poco le importó que pudiera sobrepasar los códigos de respeto entre oficiales. Horvenn era un hombre de estado, tosco, disciplinado y, a todas luces, un símbolo de qué debía ser un oficial reszo. En sus palabras siempre había inconformismo, voluntad de aprender y progresar... Pero nunca, jamás, al precio que el SK hacía que todos pagaran. - Puedo suponer, entonces, que no hemos visto lo mismo en la plaza de la capital, ¿me equivoco? - Horvenn dirigió la mirada a los presentes, paseándola para tratar de llamar la atención como si con ello, pudiera albergar más razón en sus palabras. - ¡Joder! Central de las Armas, hace siete años... todos lo sabéis tan bien como yo. ¿Cómo podéis siquiera olvidarlo? - En el rostro del joven oficial podían percibirse sentimientos que poco tenían que ver con su cargo. En Postdam, encontró una mirada de desaliento; debía acabar con esa charla. - ¡Maldita sea! ¿Acaso sois capaces de creer que todo aquello fue una simple muestra de progreso? Por todo lo sagrado que tiene este país... ¿Acaso soy el único que vio cómo... aquella sustancia los poseía? Todos lo vimos, cómo aquella humareda tomaba posesión, al principio, de las máquinas que hicieron funcionar ante la ventura de todos y cómo, luego, lo fueron aquellos animales para después hacerlo con... -

 

- ¡Ya basta! - Con las palabras de Postdam, todo se paralizó en un instante. Horvenn permaneció con el rostro enrojecido por la rabia; su gesto se torció con furia y se echó hacia atrás en el respaldo, apartándole la mirada. Postdam ordenó sus documentos con solemnidad y señaló entonces la estación de comunicaciones con un cabeceo. - No puedo tolerar, sea mi deber o no, que se manche la pulcra reputación de un organismo tan sano y que tanto nos ha dado. Horvenn, como tu superior directo en rango, te exijo que depongas esta clase de comportamiento. Hablaremos tú y yo después de la reunión. Por favor, Sohren, continúa. - Y antes de que Horvenn se girase, alzando la mano para protestarle con vehemencia, su mirada se vio dirigida hacia los documentos de Postdam. Tan sólo un instante bastó para que guardara silencio, asintiera con complicidad y la reunión continuase.

 

- Bien, eh... aquí estás de nuevo, Sohren. - Dijo Lanstev, que permanecía tan pálida como el papel. No era una chica realmente fuerte, y la razón por la que estaba allí se debía sencillamente a sus habilidades organizativas. Era una persona meticulosa, que trataba por todos los medios de controlar lo que ocurriera bajo su responsabilidad. Dotes encomiables que, sin embargo, podías encontrar en cualquier parte de la vasta nación de Reszovia; ella, como todos los demás, era tan prescindible e intrascendente que sólo podía evocar lástima el verla superada con tanta facilidad. Darn, que se mantuvo en un silencio casi general, seguía con la mirada clavada en el centro de la mesa y Rough, que luchaba por aflojar el nudo de su corbata con el ínfimo fin de respirar, parecía que fuera a desplomarse de un momento a otro; nadie le prestó la más mínima atención. Y con un sonoro chasquido a un volumen ensordecedor, que hizo que los presentes se estremecieran con levedad, la voz de Sohren volvió a emerger a través de aquellos cables y altavoces.

 

- Lo lamento enormemente... tanto como puedo hacerlo. Yo... me limito a transmitir las órdenes. Se ha decretado una gran cantidad de medidas que haré que os impriman en vuestros despachos con la mayor celeridad posible. Más allá de ello, no creo tener nada más que contaros...

 

La Comandante Darn lanzó un resoplido de pura sorna que acompañó con una evidente risotada; esto último llamó la atención de los presentes.

 

- ¿Nada más, Sohren? ¿Tan sólo una ruptura que supondría el final de nuestro país? ¿La llegada de un carnicero perverso? ¿O es que acaso hay algo más? - En sus palabras se advertía mucho más de lo que, a primera vista, parecía decir. Postdam torció el gesto ante su comportamiento pero, ante ella, no podía hacer otra cosa más que callar como un perro ante su amo.

 

- Pensaba que sería mejor que lo leyerais en privado, pero... como gustes. - De nuevo la áspera caricia de los papeles; esta vez, con una pesarosa marcha que, para los presentes, se prolongó durante lo que se antojaron horas. Finalmente, comenzando con un nudo en la garganta, Sohren habló y transmitió. - Con el fin de proteger la Sacra Nación de Reszovia, el Alto Consejo del País, consciente del peligro que supone la ruptura y de que las exigencias de refuerzos podrían no ser suficientes... - Al otro lado de la habitación, un maltrecho Rough se levantó de su asiento con un semblante cadavérico, como alguien que espera un funesto presagio, una estrella que lo salve o, quizás... un tren que lo arrolle. - Se ha decretado, con resuelta decisión, la aplicación de la normativa... - Y, entonces, el mundo contuvo el aliento. - “Autas” en nuestra posición, con un plazo de menos de un mes. - Ahogándose en las profundidades, Sohren dejó los papeles sobre la mesa y calló. Horvenn palideció, llevándose la zurda al rostro. Postdam respiró profundamente mirando hacia sus documentos, tratando de encontrar asilo en sus palabras tintadas y Rough, de pie, a punto de ceder ante todo, sonrió con gesto apacible y después se dejó caer sobre la silla con pesadez.

 

- “Autas”... camaradas. Una última orden para un equipo joven que ya está condenado. - Añadió Darn, quien por fin quebraba del todo su penitente silencio. - Todos sabíamos que esto podía ocurrir; Maehorn también lo sabía y, aún así, dio la orden. Pero si piensan de verdad que todo esto, a pesar del incidente, a pesar de la ruptura... ¿Vamos a abandonar? Sois libres de marcharos de aquí, incluso a sabiendas de que eso destruirá vuestras carreras. Yo me quedaré, permaneceré aquí guardando mi posición, disparando hasta el último cartucho y hasta que mis viejas manos se rompan contra los huesos Rashoran. - Sus palabras nacían cargadas de emoción a pesar de que, en su rostro, enardecía otro sentimiento... la ira. - Y por mi Patria que mi última orden no será la rendición de estas instalaciones. Antes... ¡Antes os mataré a todos con mis manos! - Gritó, al tiempo que golpeaba la mesa con la mano. Aquello hizo que Lanstev diera un respingo y que Rough bajara la vista hacia su reloj con plomiza mirada. - No... todo esto puede acabar el día señalado, cuando todo haya sido en vano... ¡Pero, antes de que eso ocurra, me llevaré a miles de esos hijos de puta aunque sea lo último que haga! - Agitada, comenzó a asentir con decisión, para terminar señalando sus galones con agresividad. - Esto... es lo que soy. Es lo que todos somos y no dejaré que este complejo caiga en la anarquía porque seais una pandilla de inútiles cobardes incapaces de seguir adelante. Sohren... - Sentenció con el rostro contraído por el fervor.

 

- Escuchando, Darn... - Dijo con un hilo de voz crepitante.

 

- Dígales a los de la Central que hemos recibido la orden: comenzaremos a confirmar los objetivos hoy mismo sin ninguna interrupción. Y dígales a esos hijos de puta del SK que recibiremos con los brazos abiertos a quien sea. Qué más dará uno más. - Sentenció, para después levantarse con pesadez llevándose consigo los documentos de Postdam y su gorra de oficial. - La reunión queda concluida, entonces. - Dijo mientras se colocaba la gorra y lanzaba una mirada a Rough, quien alzaba la mano por encima del resto. - ¿Es la hora? -

 

- Lo es, Comandante... - Convino y, al momento, una continua, profunda y sonora sirena, grave y acompañada de unas luces azules que se adueñaron de los colores grises de la habitación y que terminaron por ensombrecerla de una forma total, comenzó a envolver la estancia. Tan sólo iluminados por la triste luz azulada, coreada por una sirena grave y discontinua, los presentes continuaron abandonando la estancia con el semblante cargado de todo lo que había ocurrido en aquellos simples instantes, en los cuales su nimia existencia se había desplomado ante el peso de las responsabilidades. Sus uniformes, en aquel momento exacto, se transformaron en planchas del metal más pesado; los hicieron torpes y los terminaron por atar a aquel lugar maldito en el que sus entrañas yacían destruidas y podridas al tiempo que, sobre su piel, caía una condena inevitable. Horvenn no se movió y, ante las sirenas, se mantuvo sosteniéndole la mirada a Postdam; aquella triste luz azulada hacía que su rostro y sus hombreras plateadas de oficial se vieran ensombrecidos, con un aura aún más siniestra que la que, de por sí, ya poseían ambas en su conjunto.

 

- Sabes, incluso antes que yo, qué te preguntaré... - Terminó diciendo, por encima de las sirenas, en una soledad ensordecedora. Postdam asintió, ordenando sus documentos, para después levantarse con lentitud y recoger los que se habían dejado sobre la mesa.

 

- Lo sé muy bien, Horvenn. Me preguntarás por ella, a lo que te responderé "Nada", por supuesto. Yo no puedo saber más de lo que debería saber, Teniente. - Convino, al tiempo que se aseguraba de que la estación estuviera apagada e introducía la totalidad de los documentos en una cartera que colocó con antelación bajo la mesa. Un maletín negro y tosco con el símbolo nacional tan irreemplazable, para un reszo, como la cabeza de uno mismo. Delimitado por finas líneas de cuero negro, comenzó a separar los documentos, en un orden que solo él conocía, ignorando las sirenas, las luces azules y todo lo que significaban. Horvenn mantuvo el silencio, levantándose para estar a la altura que Postdam (aunque, sin duda, él era mucho más alto). - Pero, si el Teniente Horvenn desea conocer... debería repasar unos documentos de vital importancia sobre “esa” que tanto daño le hizo. ¿Gustaría? - Continuó, extendiendo la mano hacia la salida y ofreciéndole pasar primero. Horvenn, con el gesto ensombrecido, asintió, se colocó la gorra de oficial y pasó por delante de él; Postdam le alcanzó en un suspiro y ambos continuaron por el largo y deprimente pasillo de hormigón. Finalmente, Horvenn volvió a intervenir con su cuestionable intención.

 

- Mucho más de lo que cualquiera, incluso del SK en su grandioso conocimiento de las más perversas artes, conoce. - Sentenció, al tiempo que las sirenas se transmitían desde su edificio hasta el resto del complejo en una ola de luz triste y singular. Extendiéndose a gran velocidad y revelando no más que sombras en el gigantesco complejo en el que se encontraban, iluminó con levedad una terrible y gigantesca sombra alargada que se alzaba entre el cielo de madrugada por encima de todo lo demás. Colosal, indescriptible... las luces azules revelaron la razón por la que ellos eran un objetivo, la verdadera causa del “Autas” y, en sus entrañas, la podredumbre de la existencia.