La otra cara de la humanidad | Microrrelato septiembre 2017
¡Vengo con un nuevo microrrelato gratis! A petición de Andrea, que me pidió "un encuentro inesperado en una floristería" y mi cerebro entendió "librería" así que no hay flores.

He intentado jugar un poco con la ciencia ficción de manera muy suave. ¡Espero que os guste!  Tanto mecenas como no mecenas podréis disfrutar de estos microrrelatos a la carta, pero si queréis pedir vuestros propios relatos podéis conseguirlos con la recompensa de 3$. ¡Un microrrelato a la carta al mes! 

  

La campana colgada sobre la puerta tintineó, anunciando la entrada de un nuevo cliente. Subida en su escalera, Coral se estiró para asomar la cabeza por entre las altas estanterías y el pelo, del mismo color que su nombre, se soltó de la maltrecha coleta tapándole la vista.

—¡Ya mismo voy! –exclamó, soplando hacia arriba para apartarse el flequillo de los ojos. El cliente no dijo nada, pero Coral podía escucharle pasearse entre los libros. Dejó la pila de tomos que llevaba en las manos sobre el escalón más alto y bajó con cuidado, con tan mala suerte que al llegar al último escalón pisó mal y se precipitó escalera abajo.

Coral chilló, preparándose para el impacto, cuando unos brazos fuertes detuvieron su caída. A través de los mechones de su pelo revuelto pudo ver a quien la había salvado de un buen porrazo: una joven de suaves facciones y aspecto delicado, que no dejaba entrever la fuerza indiscutible que tenía. Con delicadeza, su salvadora la colocó en el suelo y sonrió. Tenía una sonrisa perfecta, como el resto de ella.

—Gra-gracias… —farfulló Coral, recolocándose las gafas. Su salvadora no dijo nada, solo sonrió más ampliamente—. Siento mucho las molestias; soy muy torpe –se disculpó, acalorada. Su salvadora volvió a sonreír, sin decir nada más. 

Coral la observó, fascinada: tenía una figura menuda y el pelo corto y negro, muy lacio, que le caía a ambos lados del rostro en forma de corazón. Parecía asiática, aunque tenía unos grandes ojos azules. Era como una muñeca… una muñeca con unos reflejos y una fuerza sobrehumana.

—¿En qué puedo ayudarte? –preguntó Coral, recuperando sus modales. La chica le tendió un papel con el título de un libro escrito en él.

«Androides: la otra cara de la humanidad» leyó Coral para sí. «Un libro de ensayos sobre la autonomía de los androides y su importancia como seres».

Coral conocía el libro. Lo había leído con avidez cuando llegó a la tienda, siendo como era una gran partidaria de la igualdad entre seres humanos y androides. Con una pequeña sonrisa, desapareció momentáneamente entre las estanterías y volvió a reaparecer con el libro entre las manos. Se lo tendió a su salvadora y fueron a la caja.

—Invita la casa –dijo Coral, cuando la chica le tendió dinero. Ella compuso una mueca de confusión—. Por salvarme del porrazo.

La joven se quedó callada un momento y entonces, por primera vez, habló.

—Gracias.

Su voz era melodiosa y dulce, pero Coral pudo notarlo: una nota de irrealidad, un eco que solo tenían los androides. Eso explicaba la fuerza sobrehumana de la muchacha. La sorpresa debió reflejarse en su cara, porque su salvadora compuso una mueca abochornada y parecía lista para salir corriendo.

—¡Espera! –exclamó Coral, antes de que pudiera abandonar la tienda. Ella se quedó parada, con la mano en el pomo y mirándola con cautela.

«Maldito racismo…»

—¿Cómo te llamas?

Tras unos segundos de silencio, contestó.

—Laia –susurró, como si se avergonzara de algo.

—Ha sido un placer conocerte, Laia. Espero que nos volvamos a ver.

Laia sonrió y abandonó la tienda. Coral suspiró: la próxima vez que la viera, le daría su teléfono.

¿Fin?

¡Espero comentarios con vuestras impresiones! Nos leeremos en el próximo relato, en el que seguiré adentrándome en la ciencia ficción.

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