La serpiente
 
Tachas.

El dios que trae perfumes a las flores, odia las tachas. Brillan con demasiado orgullo para algo que no es útil, según él. Le digo que a mí me gustan y les encontraré un uso un día, por lo que procedo a abrirlas para soltarlas de aquel insulto al cuero.

Es difícil, son pequeñas y muchas. El tiempo apremia, no he cenado y ya es medianoche.

Decido usar la tijera y cortar la barata cuerina para liberarlas más fácilmente. Más rápidamente. Más eficientemente.

El viejo cinturón se retuerce en mis manos como una serpiente mientras lo desarmo y tiro los trozos que no sirven.

“No sirven.”

Podría haber donado el cinto, a alguien le podría haber sido de utilidad... No. Me digo que estaba en mal estado y he separado mucho para donar, incluyendo un cinto de mayor calidad.

Pero ya no es cinturón. Ahora en mis manos tengo una serpiente y los trozos de cuerina en el tacho de basura son carne y músculo.

Apurar el proceso, aumentar la eficiencia.

Me siento como una persona que mata rinocerontes por su marfil. Rápido y eficiente.

Alguien podría haber usado este cinto. Alguien lo necesitaba.

Y mientras sigo cortando, diciendo que de todos modos ya no hay vuelta atrás, me pregunto si así se siente. Si así se siente cortar el marfil de un rinoceronte moribundo, si así se siente matar una serpiente para arrancarle la piel sabiendo que no la necesitas. Que sí, que tal vez la conviertas en algo más un día, tal vez en dinero incluso, pero no la necesitas. No ahora. La serpiente necesitaba su piel.

Alguien, tal vez, necesitaba este cinto.

Y ya no hay marcha atrás.


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Lo sé, esto es muy distinto a lo que suelo subir pero eso es porque estas palabras nacieron originalmente como un estado de facebook. Fue una experiencia muy personal y estúpidamente dramática, pero me resultó interesante el pensamiento y lo quise compartir un poco más allá.