Me gustaban los pies de Dolores. Procuraba salir del seminario de Psicoanálisis  cinco minutos antes, caminando apresurado por los jardines de la universidad, verificando mi aliento contra la palma de la mano. Pasaba por debajo de las jacarandas sin levantar la mirada hacia el estacionamiento, sin estirar el cuello para buscar su coche, posponiendo el momento de verla: Dolores, recostada en el asiento y con los pies desnudos sobre el volante. Me gustaban los pies de Dolores.

Me gustaba sujetarlos mientras la penetraba en un motel del periférico. Ponía mi pulgar en la planta y veía cómo se arqueaban. Besaba sus huesos salientes, los dedos chuecos y callosos y la veía reflejada en el espejo de una academia: delgada y sudorosa, sobreponiéndose a cada salto, a cada pirueta, flotando sobre las puntas. Dolores, decía en voz alta y la besaba. Dolores. Y ella abría las piernas y apretaba las falanges. Después nos acostábamos sobre las sábanas, como si no nos irritaran la piel, y hablábamos mirando al techo. A veces yo leía en voz alta algún libro que nos habían dejado de tarea. 

Años después consultaría Más allá del principio del placer para una conferencia y volvería a ese cuarto. Al logo en tonos azul rey, grabado a la orilla de las fundas: dos caballos nariz contra nariz. A la risa grave de Dolores y la sensación de sus pies pequeños y rotos entre mis manos. La recordé entrecerrando los ojos por la miopía que negaba, incapaz de usar anteojos. Las puntas de su cabello rubio sobre mi hombro, mientras me escuchaba leer y pasaba los dedos por ese horrible logo.

―¿Por qué dos caballos?― había preguntado.

―Por lo de montar.

―Pero se están besando ―señaló las narices que se tocaban, repasándolas con la yema de sus dedos.

―Han de juntar las trompas antes de coger.  

―Préstame tu trompa― se rió, antes de envolverme con sus piernas otra vez. 

Durante mucho tiempo pensaría que esa naturalidad suya al acercar su cuerpo al mío  durante la lectura de Tres ensayos sobre teoría sexual, tenía que ver con los años invertidos en la academia de ballet. Siempre en contacto con su cuerpo a través de la tensión de los músculos, de su imagen reflejada como otra Dolores: primero con la mano apoyada en la barra, luego cruzando los límites entre un espejo y otro, perdiendo por un momento la continuidad de su pierna, o el principio de su cadera, para recuperarse completa en el siguiente espejo.  

Hace poco volví a pensar en ella, sin poder nombrar a las otras bailarinas con las que me acosté creyendo que iba a recuperar esa sensación: el encuentro con un cuerpo invadido por la mujer que lo habitaba, como el cuerpo de Dolores. Me propuse buscar en mis libros alguna marca, una señal de nuestras lecturas de motel. Revisé las viejas ediciones sueltas que no había querido desechar, aún después de haber comprado las obras completas. Abrí las hojas amarillentas y delgadas, con una tipografía que ya no parecía legible, descubriendo que lo que por entonces había subrayado era demasiado y poco relevante. Encontré sólo una nota con su letra. Estaba escrita al costado de un artículo sobre el lapsus linguae y el contenido inconsciente de los traspiés verbales. Era un chiste. Uno muy malo y con faltas de ortografía. Pero eran sus As mayúsculas sin el trazo con el que todos las cruzamos, y las Tés demasiado alargadas hacia abajo. 

Decidí buscarla en facebook. No me llevó más de unos minutos localizarla y un par de días para que me diera de alta. En su perfil había una serie de fotos de su boda. Estaba de pie en un jardín con un vestido de novia que le llegaba arriba de la rodilla y un novio que apenas le llegaba al hombro. Dolores sonreía a la cámara entrecerrando los ojos, abrazándose a él, con todo su talle y el pubis pegado, casi, a la cintura del marido. Sus piernas largas y sin medias terminaban en un par de tacones blancos.  

“Te hubieras quitado los zapatos”, escribí como comentario, el único que publiqué en su página. Ella no respondió. Unos días después posteó una fotografía sin título de sus pies de bailarina. Ahí estaban los callos y el hueso dolorido por las puntas y los saltos, las falanges torcidas en las que pensé tantas veces junto con su nombre: Dolores. 

No intercambiamos más lapsus.