Príapo en Lesbos. Una crítica a los determinismos.

Foto: Sylvie-Ann Paré
Compañía de Marie Chouinard. Obra: The Rite of spring.


En un sencillo y demoledor acto de introspección imaginé a mi yo de hace 6 o 7 años, quizá una de las épocas de mi vida de mayor desesperación y sobrecompensación de género, entrando en cualquier baño público de mujeres. Uno que mi yo actual estuviese utilizando. Para las mujeres trans que estamos transicionando la disociación con nuestra imagen pre-transición es algo cotidiano, así que me fue fácil distanciarme de aquel tipo muy poco amenazador vestido de negro con un reloj de bolsillo colgando del chaleco. Me encontré sintiendo inquietud, no exactamente miedo, pero sí inquietud. De hacerse realidad, sería un momento como mínimo incómodo y creo que me apresuraría a salir del baño.
La barrera estética –pese al amaneramiento dandi- me estaría dando una información falsa pero inevitable. El constructo cultural de la feminidad y la masculinidad es implacable y aún no estamos siquiera en el siglo en el que eso parece que vaya a cambiar. El camino es el de la liberación de tales estructuras. Pero como suelo repetir continuamente, la ética es estética. Harán falta muchas rupturas de estatus y soportar muchos castigos para alcanzar un estado de liberación total del género y sus usos, las mujeres lo sabemos bien, cualquier persona que se atreva a desafiar la masculinidad hegemónica, también.

Cuando me miro al espejo, me aborrezco, esto lleva sucediendo 40 años de mi vida sin que apenas se haya mitigado nunca. Necesito una enorme dosis de feminización para acallar un poco los escandalosos insultos de la disforia. Hormonación, maquillaje, ropa, complementos, elementos estéticos culturales de refuerzo que asimilan mi imagen a lo que socialmente se reconoce como mujer. Aunque el resultado nunca es la disolución total en la feminidad y me hace pagar un precio social exagerado, sirve para sobrevivir un día más. Puede que esto sea utilizado como pretexto para acusarme de perpetuar roles de género. No soy más culpable que los millones de mujeres que utilizan –y hasta disfrutan- estos rituales performativos que llamamos feminidad.
Este es el camino de la disforia. Una inyección de veneno sociocultural milenario que deforma mi autopercepción para que, delante del espejo, siga viendo a una especie de hombre que me atormenta la vida.
 

Si a mí me sucede esto, si tras décadas de estudio, deconstrucción, asimilación de teorías, terapia psicológica y psiquiatrización, no puedo evitar la náusea de la representación; cómo puedo exigir a algunas de mis hermanas cis que actúen de forma diferente, que no me juzguen por la apariencia, que entiendan sin la más mínima duda que lo que tienen delante es una mujer. Esto es demoledor de asimilar y de escribir, pero o ponemos las vísceras sobre la mesa o no vamos a ser capaces de llegar a comprendernos del todo jamás.
 

Leo a menudo en redes sociales conversaciones entre mujeres lesbianas, cis y trans, en las que se sube el tono en dos intercambios de tuits y se termina en una posición de enroque desagradabilísima que no ayuda a nadie. Y todo a cuenta de algo tan físicamente nimio como un pene. Qué mecanismo cultural se activa para que algo tan aparentemente insignificante active resortes tan exacerbados de una y otra parte. Vamos a tratar de explicarlo de forma crítica.
 

¿Todas las mujeres lesbianas que rechazan de plano mantener relaciones sexuales con una mujer con pene son transmisóginas?
Absolutamente no.
Insistir una y otra vez en la diferenciación total entre sexo y género sin ir más allá, acaba por desleír nuestro argumentario convirtiéndolo en un magma cercano al pensamiento mágico que no hay por dónde coger. Desde las pinturas rupestres de Lascaux, en la Dordogne, pasando por el cántico de presentación de Gilgamesh en la primera tablilla alabando la largura de su miembro como epítome de la heroicidad bien plantada; hasta la figura del sátiro enhiesto que viola descontroladamente cada vez que le sobreviene la hybris de papá; pasando por Príapo, Sileno y todo el catálogo de dioses menores con penes mayores asociados a la fertilidad pero también al descontrol sexual masculino; o la faceta de Shiva como dador de fuerza que aún se celebra sumergiendo un rabo como un menhir en las aguas del Ganges; por no mencionar las comedias griegas y romanas con sus recursos escénicos asociados a señores nerviosísimos enseñando la polla a diestro y siniestro o el teatro medieval popular que, directamente, era un desfile de cipotes desbocados para mantener al personal divertido y ganarse el favor de su bolsa.
 

Lo cierto es que la humanidad ha construido el género en torno a los genitales desde siempre. Ni las culturas no blancas se han librado de tal construcción, tan solo desarrollaron –muchas de ellas- especificidades asociadas a la santidad de un tercer género, o cierto respeto reverencial de individuos que fluctuaban entre la concepción binarista del mismo. Es cierto que la transfobia tiene un componente colonial innegable, pero desde luego la humanidad en su conjunto necesita repensar sus construcciones, en mayor medida la blanca por hegemónica, impositiva y cruel.
Negar el componente físico en la construcción del género es inútil, del mismo modo que perpetuarlo nos ancla en una realidad injusta que provoca muchísimo sufrimiento.
 

Cuando reaccionamos con indignación contra la decisión de otras mujeres de no mantener relaciones sexuales si hay un pene de por medio, aunque sea de manera tangencial; y nos lanzamos a explicar que no obligamos a nadie pero que tal decisión es tránsfoba, nos estamos saltando algunos pasos. Su transfobia no es mayor que la del resto de la sociedad, incluyéndonos a nosotras, los mecanismos de significantes culturales que se activan en un caso así son múltiples, antiquísimos y están tan asentados en nuestra psique que casi no podemos reconocerlos como impuestos. Son certezas. Y abandonar las certezas requiere un esfuerzo monstruoso que desde luego no vamos a superar en dos días, dos décadas o un siglo. Esto sin entrar en episodios asociados al trauma.
Estamos deconstruyendo entre todas al ritmo que podemos, nuestra obligación es esperarnos, comprendernos y no dejar de exponer lo que nos preocupa por temor a una compañera excesivamente reactiva.
 

Del mismo modo, echar en cara que las mujeres trans que no quieren o no pueden modificar quirúrgicamente sus genitales necesiten validar sus cuerpos como femeninos, y que tal reclamo sea legítimo, es una posición cerrada, excluyente, injusta y un ejercicio de poder innecesario y cruel. Utilizo la tercera persona del presente subjuntivo porque mi disforia incluye a mi genitalidad y seguramente yo odie mi pene más que nadie. Aquí hemos venido a morir exponiéndonos.
 

Claro que nuestros gustos están condicionados por construcciones socioculturales, todos, el rechazo de unos u otros genitales también, eso no significa que ese rechazo no tenga que ser respetado escrupulosamente pero que trabajemos en su demolición. Gritar “¡Transfobia!” con tanta facilidad simplifica nuestro discurso, lo reduce y provoca un efecto péndulo perfectamente comprensible; citando a Julia Serano “no es lo mismo decir algo tránsfobo que serlo”, de lo contrario no nos libraríamos ninguna.
 

El sexo no debería darse sin una conversación previa –disculpadme el ramalazo de pudor-, al menos no entre personas que la necesiten. La mayoría de los comportamientos injustos entre nosotras se solucionarían hablando. Una mujer trans no es un espíritu priápico que va con el rabo en la mano en procesión lujuriosa obligando al personal a rendirle pleitesía. Esa es una construcción fabricada con el único ánimo de hacernos daño. Es muy posible que en un intercambio sexual seamos nosotras quienes más necesitemos hablar para que este sea satisfactorio, sobre todo con otras mujeres. Existen chicas trans agresoras, por supuesto, pero no más que cis, es difamatorio, manipulador y un hombre de paja como una catedral tomar como norma casos excepcionales. Y solo puede hacerse tal cosa desde el odio.

Desde la psicología social, la biología, la genética, la antropología, las ciencias políticas y el arte se está desafiando la construcción del género y sus bases biológicas. Honestamente creo que es el único camino para evitar exclusiones y dolor. Los resultados de este cuestionamiento global aún no son concluyentes pero ya arrojan una enorme duda razonable y ponen en tela de juicio lo que creíamos saber sobre la identidad de género. Joan Roughgarden, bióloga evolutiva, atribuye su construcción a una combinación de factores genéticos, sociales y psicológicos. Christine Johnson, endocrina, asocia a los pesticidas –sí, lo estáis leyendo- el supuesto aumento de casos de disforia de género de finales de siglo XX. Cuanto más se investiga la raíz biológica del género, más preguntas surgen y las teorías se multiplican. Lo que antes eran síndromes o alteraciones genéticas, están a punto de ser cariotipos despatologizados por ser lo suficientemente numerosos para dejar de ser excepciones.

La antropóloga Mary Douglas habla del cuerpo como fuente de metáforas y de cómo lo social se impone sobre lo material. Entendiendo el género como la interacción entre realidad material física, metáforas, construcciones culturales y sociales. En la línea del cuerpo como medio de conexión y percepción del mundo de Merleau-Ponty, existe una corriente de investigación antropológica propuesta por Thomas Csordas que otorga al cuerpo agencia y capacidad de desafío cultural. El concepto de embodiment como ruptura con la pasividad del cuerpo al que in-corporamos o a través del que corporeizamos nuestro modo de estar en el mundo cultural, política y socialmente. Por tanto el género estaría ligado al cuerpo pero no de la forma clásica.
 

Desde la dialéctica marxista pueden defenderse posturas transexcluyentes y transincluyentes. Cierto que las primeras se apoyan en postulados biologicistas sobre los que descansa el patriarcado desde hace años y confunden realidades materiales con fisiología, obviando el lugar que ocupamos las mujeres trans en el sistema de producción; este es: el paso obligatorio por la conculcación total de nuestros derechos reproductivos y la intervención política de nuestros cuerpos solo para ser consideradas parte de la clase explotada, con el agravante de ser mujeres inaprovechables como reproductoras y condenadas al último peldaño de la división sexual del trabajo. Que Federici explique el resto sobre la explotación de la mujer dentro de la clase.
 

En la teoría feminista tampoco encontramos un posicionamiento claro. Se reparte el cuestionamiento en extremos. Con una tendencia claramente inclusiva. Si utilizamos bibliografía radfem, tradicionalmente la punta de lanza de la exclusión trans, volvemos a darnos con el muro de la duda: autoras fundamentales de esta corriente se adscriben a la inclusión o como mínimo se han desdicho de sus ideas tránsfobas del pasado. Lo encontramos en Kate Millet, Andrea Dworkin, Catharine MacKinnon o Gloria Steinem. Por otro lado tenemos a Germaine Greer o Sheila Jeffreys inamovibles en su transmisoginia.
Y en una combinación de herramientas teóricas, filosóficas y económicas; el feminismo marxista de Gayle Rubin o Monique Wittig afirma que la socialización transforma la realidad biológica. Y que la asignación de género en base al cuerpo en realidad es imaginaria*
Es en el feminismo ultraliberal de Raymond, Paglia o Crispin donde la exclusión y el biologicismo encuentran su actual acomodo teórico más posicionado.
 

Aún no ha llegado el día en que sexo y género sean conceptos completamente separados para el imaginario colectivo. Si el determinismo biológico es una torpeza, el cultural también. Es en la interacción de ambos –cuerpo y cultura- donde hallaremos respuestas más precisas. Estamos en la edad de las dudas y eso es un paso inmenso que se ha dado en poco tiempo. Si me preguntas qué es ser mujer y tengo que responder con el corazón, sin utilizar definiciones políticas, científicas o históricas, me costaría responder con algo más allá que razones repartidas entre el sentimiento de pertenencia, el de exclusión, el sufrimiento y la intuición. Seguro que mis palabras se parecerían a las de cualquier mujer cis que no pudiera definirse mediante el cuerpo o la posición política. Exigirnos a unas y otras que nos definamos es injusto, vacío y siempre de utilizará en nuestra contra.
 

Lo que sí podemos empezar a concluir, más allá de brindis al sol acríticos, interesados o condescendientes, es que ya estamos socavando construcciones limitantes y que el peso de una mole cultural de tal envergadura hace que necesitemos tiempo para liberarnos de la cárcel de la asignación, la representación y los roles. Así como de las cargas simbólicas que llevamos clavadas en el ADN. Concedernos ese tiempo es lo mínimo que podemos hacer. Si no hay odio de por medio, la paciencia entre nosotras es obligatoria, la sororidad se ejerce sobre todo con mujeres con quienes tu primer impulso es de distanciamiento, si no, es proselitismo, pereza y exclusión. Cada una arrastra experiencias diferentes que no deben ser invisibilizadas, menospreciadas o usadas como méritos o deméritos para adquirir identidad. Tampoco podemos aceptar un corpus vivencial o teórico que nos cuente a todas porque siempre dejaremos a alguna fuera. Y desde luego, a ninguna mujer, debería exigírsele un determinado nivel de formación, o formación en un sentido concreto, para justificar su existencia. Vale para todas. Hablemos.



* en realidad separar radfem de feminismo marxista es una imprecisión. El feminismo radical nace y se desarrolla desde posiciones marxistas críticas y así ha pretendido permanecer siempre con dudoso éxito en algunos casos.

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