RELATO: El secreto de Anna

EL SECRETO DE ANNA (cuento para peques)

Anna se rehízo las trenzas frente al espejo y sonrió con timidez. Le hacían mucha gracia esas historias de humanos que aseguraban que los de su especie no se podían reflejar en los espejos.

¡Valiente tontería! ¿Cómo se iba a peinar, si no, sus cabellos rubios y rizados? ¿Cómo se podría maquillar mamá y dejarse tan guapa que hasta a papá se le olvidaba respirar al verla, como si fuera la primera vez que la contemplara? Humanos tontos…

Negó con la cabeza y se aseguró de que las trenzas estuvieran perfectamente simétricas. El vampirólogo del cole le había diagnosticado TOC y ella le había respondido mostrándole los colmillos. Siempre estaban inventando diagnósticos de todo tipo para ellos, buscando antídotos y tratamientos para curarles el vampirismo. ¿Cómo se curaba eso? ¿Se puede curar nacer con los ojos verdes, que te gusten las natillas o midas un metro y medio? ¡Pues no!

—Annaaaaaaaaaaaa, ¡a desayunar, que se enfría! —sonó la voz de su padre en el piso inferior.

—¡Ya voy, papi! —respondió ella, nerviosa.

Y no era para menos, hoy era el día en que se había propuesto decírselo a sus padres. Ellos la querían mucho, eran buenos vampiros; incluso Aitor, el plasta de su hermano mayor, la quería mucho aunque siempre la estuviera pinchando. La querían, eso estaba claro, y ella a ellos, ¿pero la comprenderían?

Se obligó a sonreírle a su propia imagen hasta que sus colmillos preadolescentes asomaron por entre sus labios. Cerró los ojos, tomó una bocanada de aire y bajó hacia la cocina a soltar la bomba.

—¿B+, cariño? —le preguntó su madre al sentirla entrar en la estancia.

—Vale —dijo esa vez sin protestar.

Ya habían tomado esa sangre el día anterior y mamá no repetía menú dos días seguidos a no ser que estuviera muy estresada en el trabajo y no le hubiera dado tiempo a hacer la compra. Mejor se lo comentaría otro día, sí. No era buen momento hacerlo ahora. Se lo diría más adelante y santos colmillos. Mañana, pasado, el año que viene y cuando cumpliera los doscientos años de edad, algo así. No había prisa…

—¿Qué te pasa a ti, caraculo? —se metió su hermano al tiempo que le lanzaba un azucarillo a la cara.

Anna le sacó la lengua y agachó la vista enfurruñada. Eso llamó la atención de sus padres, que tenían alma de vmapiros policía y no se les escapa ni una.

—Anna, ¿qué te preocupa? —preguntó su padre con la expresión sombría.

La chiquilla de doce años levantó la vista apesadumbrada y clavó sus ojos verdes en la mirada miel de su padre. Mamá dejó su ir y venir y se sentó a la mesa junto a él.

—¿Cariño? —musitó ella.

Anna tragó saliva y los miró a ambos con una sonrisa dolida, dispuesta a mentirles un día más. Abrió la boca y dijo:

—Yo… Me gustan los humanos —se escuchó decir para su sorpresa—. Quiero decir que… me gusta un niño humano —añadió antes de cerrar los ojos con fuerza para retener las lágrimas y evitar la vergüenza de mirar a sus progenitores. No quería ver la decepción esculpida en sus caras.

Entonces sintió unas manos cogiendo las suyas, abrazos, caricias en el pelo y besos en la cara.

—Anna —negó el padre con la cabeza mientras sostenía la barbilla de su pequeña hasta que esta abrió los ojos—. Te hemos educado para que seas feliz, pequeña: eso implica que seas lo que eres y lo que quieres ser, que te guste lo que te tenga que gustar… Te queremos a ti, te queremos feliz, queremos tu sonrisa. 

—Y si un día te enamoras de una lechuga —intervino su madre con la mirada acuosa—, pues será bienvenida a la familia. Y si te haces vegana, budista o nudista, también estaremos orgullosos de ti.

—Salvo si te haces tronista —apuntó Aitor con su vaso de sangre en alto.

Aquello hizo reír a toda la familia. Anna sonrió de verdad. Lo había hecho. Había confesado: se había enamorado de un niño humano y no pasaba nada. Los abrazó y dio gracias por tenerlos. En otras familias vampíricas, más cerradas e inflexibles, no habría tenido tanta suerte ni comprensión. Los que se enamoraban de humanos eran vejados y atacados, no podían casarse, ni quererse en forma de beso o mimito en la calle. Pero su familia era una gran familia, y supo que siempre siempre siempre la querrían y respetarían.

©Eba Martín Muñoz

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