Tres letras
 

Tres letras

Escrito romántico

Desde la primera mañana de clases que la vio entrar a la hora de sociología, perdió la capacidad de dormir. No en el sentido eufemístico del insomnio de los enamorados que por más que se devanen las neuronas en elucubrar estratagemas para conquistar a su Amor, tarde que temprano terminan vencidos por el dios del sueño. Pasaron varios días antes que cayera en cuenta que era la misma cantidad de noches que llevaba sin pegar los párpados. Estaba tan absorto en el estudio de cada rizo de sus cabellos azabaches y la armonía artística entre sus miradas y sonrisas, que no reparó en el hecho que a la par de no haber dejado de pensar en ella, no había otra cosa que ocupara su mente. Como si conocerla le hubiera lanzado una maldición: voy a quitarte las ganas de dormir y hacerte olvidar que existía un espacio vacío en tu alma antes de mí. Las noches sucedían a los días sin que notara diferencia alguna en el exterior de su cabeza, su rostro no se apagaba, su aroma no se disipaba y el sonido de su risa no dejaba de sonar en un extasiado ciclo sin fin. Qué podía ser más extraordinario que perseguir la sombra de esa mujer entre la madre de todas las sombras, la noche, ¿acaso usaría su preciado tiempo en actividades tan inútiles como dormir?  Los primeros días agradeció el regalo sorpresivo del tiempo extra, de nuevo, qué podía ser mejor que la ausencia de interrupciones para disfrutar del juego infinito de hacer malabares con su objeto amoroso.  Pero una opresión como aquella, sin válvula de escape, no podía menos que empeorar. 

Del pensamiento descolgó al movimiento, de repetirla en su cabeza pasó a escribir su nombre en cada superficie que se prestaba para impregnarla de tinta. Por las noches, rayoneaba sus tres letras en las servilletas de los cafés donde salía al encuentro del cansancio para conciliar el sueño; lo delineaba con el perfeccionismo del devoto en las líneas azuladas de los cuadernos de la escuela, en los espacios en blanco de los libros que leía y a los que ponía su rostro en las mujeres de cada historia, en las esquinas libres de los mesabancos y en las paredes de los baños de la universidad. Eva, Eva, Eva, rezaban sus trazos en los quince tipos de letras que conocía y en tantas dimensiones como fueran posibles. Lo escribía en la arena, en la tierra y en el agua de los charcos. Lo tatuaba en declaraciones frenéticas en sus muslos y brazos por debajo de sus ropas para que nadie las viera; lo marcaba en su vientre con puntos suspensivos que se estrellaban en la frontera de vellos oscuros de un bosque situado más al sur; lo sentía aparecer y desaparecer en trazos húmedos al tallar su espalda con la esponja en la rutina alargada del baño matutino. Lo  repetía, letra tras letra, como si acomodara las balas de un arma necesitada de descargar sus ansias acumuladas durante la eternidad que transcurría antes de volver a verla. Lo hacía a escondidas, sentado en los sanitarios de la escuela, del metro, del cine o de donde lo sorprendiera el deseo por ella, por Eva, la de los ojos grandes y el corazón esquivo. Pronto no hubo material suficiente para que marcara aquellas tres letras cabalísticas, las sentía quemándole el pecho, codificando sus latidos, rodando en el torrente de sus venas, en la rugosidad de su lengua y en los callos de la mano. Fue una madrugada de esas que los ojos le escocían por las lágrimas de frustración e impotencia, que la carne le dolía endurecida de insatisfacción y sentía el cuerpo aporreado de tanto querer y no tener, que se encontró marcando y remarcando aquellas tres letras benditas con la punta afilada de un abrecartas, E V A, gritaba en líquido carmesí la suave superficie de su antebrazo izquierdo, pasaba la punta una y otra vez por el camino andado, haciendo el surco más y más profundo, tan hondo como el abismo de Amor no correspondido en el que había caído, un despeñadero de deseo y lujuria del que no había cuerda ni escalera para rescatar su consciencia perdida.

No es que fuera la más bonita en la facultad de psicología, es que para él, ella era toda la universidad, entre miles de mujeres, la más sublime y etérea. Y ella tan lejana, tan ajena e insensible a aquella entrega apasionada que empañaba los lentes detrás de los cuales se escondía el universo secreto de un Amor platónico.

Germán Renko

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